GRACIAS A TU DONACION ESTA PAGINA PODRA SEGUIR FUNCIONANDO
Comentarios de Puntadas católicas
COMPARTE ESTA ENTRADA





SIGUENOS
Síguenos en TwitterSiguenos en FacebookSiguenos en Google+Siguenos en PicasaSiguenos en YouTubeSiguenos en BloggerSiguenos en Blogger


Más en mi youtube

MANUALIDADES-SANTOS-etc
ADOPCION ESPIRITUAL

CAMPAÑA DE ORACION POR LA PAZ
La cruz de Cristo sufriente de cada víctima inocente. Cubierta con rosas de oración por el perdón , por la reconciliación y la conversión

VELA DEL CANCER
Ora por los que padecen éste mal


Blogueros con el Papa

Lectura y Liturgia del 30 de Marzo de 2014

Lecturas del Domingo 4º de Cuaresma - Ciclo A

MISA  http://www.magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO http://www.radiopalabra.org/mp3/radiopalabra/cuaresma2008/cuaresma_26_2008.mp3

 Domingo 30 de Marzo del 2014
Primera lectura
Lectura del primer libro de Samuel (16,1b.6-7.10-13a):

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»

Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Palabra de Dios

Salmo 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,8-14):

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.

 Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Palabra de Dios

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Domingo 4º de Cuaresma - Ciclo A


Domingo 30 de Marzo del 2014
CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (Ciclo A)

Abre Nuestros Ojos, Señor
Que la Luz del Señor Resplandezca en Ustedes
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Antes ustedes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor.
Despierten de su sueño;
resuciten de entre los muertos y Cristo resplandecerá en ustedes.
Que la luz del mismo Cristo esté siempre con ustedes.

Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)

¡Abre Nuestros Ojos, Señor!
Una de las cosas más irritantes en la vida, tanto en nosotros mismos como en otros, se da cuando nosotros y la gente parecemos ciegos ante lo que es evidente: ¿Por qué no vemos? ¿Por qué yo no vi esto? Nosotros somos cristianos, gente de fe, y en el bautismo Cristo nos dio ojos de fe. Sin embargo, con demasiada frecuencia, estamos ciegos para Dios, para los hermanos y para las cosas que deberíamos ver con respecto a nosotros mismos. Pidamos al Señor en esta eucaristía que toque y abra nuestros ojos a las realidades más profundas y hermosas de nuestra fe.

Que la Luz del Señor Resplandezca en Ustedes
En nuestra vida cristiana estamos con frecuencia a oscuras. A veces pecamos, y el pecado nos trae tiniebla. Otras veces no entendemos muy bien lo que nuestra fe exige de nosotros y lo que Dios espera que hagamos, y por tanto estamos meramente caminando a tientas en la oscuridad. Hoy vemos cómo Jesús nos está buscando para abrir nuestros ojos, nuestras mentes y nuestros corazones a sí mismo y a su Buena Nueva de salvación. Él vino al mundo para ser nuestra luz. Acojámosle como luz de nuestros ojos y de nuestro corazón.
Acto Penitencial

A veces rehusamos incluso ver o afrontar el mal que hacemos contra Dios y contra nuestros hermanos.

Pidamos perdón y reconciliación.
(Pausa)
Señor Jesús, toca nuestros ojos y ábrelos a nuestras faltas y pecados:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, toca nuestros oídos y ábrelos a los gritos de los pobres y de los que viven solos.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, toca nuestros corazones y ábrelos a tu amor y tu verdad.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, perdona nuestros pecados, reaviva totalmente en nosotros
la fe de nuestro bautismo y llévanos a la vida eterna.


Oración Colecta
Pidamos como don la luz de la fe.
(Pausa)
Padre de la luz:
Tú ciegas los ojos de los que piensan que ven
porque sólo confían en sus propias actitudes;
deja a tu Hijo que abra los ojos de los que anhelan tu luz.

Que Jesús, luz del mundo,
nos cure y nos dé fe y comprensión.

Que restaure nuestra visión
para que veamos el camino
que nos conduce a ti y a los hermanos,
y para que, al final de nuestra ruta,
te veamos con gozo exultante a ti, nuestro Dios,
por los siglos de los siglos.

Primera Lectura (1 Sam 16,1b.6-7. 10-13a): Unción de David
Dios no juzga a las personas conforme a su apariencia, sino que mira al corazón. David, el menor y más joven, es elegido y ungido rey.

Segunda Lectura (Ef 5,8-14): Cristo Brillará sobre Ti
La luz de Cristo brilla sobre nosotros desde el bautismo. Somos, por lo tanto, hijos de la luz, llamados a producir frutos de bondad, justicia y verdad.

Evangelio (Jn 9,1-41): “Yo Era Ciego, y Ahora Puedo Ver”
Un ciego de nacimiento encuentra a Jesús y luego puede ver, primero con sus ojos corporales y después con los ojos de la fe. Nosotros somos ese ciego.

Oración de los Fieles
Oremos a Jesús nuestro Señor, nuestra verdadera luz, que infunda en todos nosotros una fe firme, personal y comprometida, y digamos: R/ Señor, que tu luz brille sobre nosotros.
Por la Iglesia, el pueblo de Dios, para que ayudemos a que la luz de Cristo brille en este mundo y proclame su mensaje de verdad y amor en lenguaje de nuestro tiempo, roguemos al Señor.
R/ Señor, que tu luz brille sobre nosotros.

Por todos los ciegos espirituales a causa de la duda o de la desesperación, para que puedan gozar de nuevo la luz de la fe a través de la fe personal de cristianos comprometidos y a través del testimonio de la comunidad cristiana, roguemos al Señor.
R/ Señor, que tu luz brille sobre nosotros.

Por todos los que afirman ser seguidores de Cristo, para que sus ojos se abran completamente a la injusticia de la que ellos seguramente forman parte, y que ayuden a reponer las esperanzas de la gente en los valores de Dios, como la verdad, la dignidad humana y la justicia, roguemos al Señor.
R/ Señor, que tu luz brille sobre nosotros.

Por las víctimas de la opresión y de la discriminación, por los refugiados y los afectados por desastres naturales, para que nosotros no seamos ciegos a sus necesidades, sino que les ayudemos eficazmente a llevar sus pesadas cargas, roguemos al Señor.
R/ Señor, que tu luz brille sobre nosotros.

Por nuestros queridos difuntos, para que el Señor los acoja en su luz y alegría eternas, roguemos al Señor.
R/ Señor, que tu luz brille sobre nosotros.

Señor Jesucristo, queremos vivir en tu luz. Haz que te veamos a ti, a las cosas y a los hermanos que nos rodean, como tú los ves. Porque tú eres nuestro Señor y Salvador por los siglos de los siglos.

Oración sobre las Ofrendas
Padre de la luz:
Danos la gracia de ver con los ojos de la fe
a tu Hijo Jesucristo
que enseguida vendrá a nosotros
en estos humildes signos de pan y vino.

Ayúdanos a reconocerle
también en el mendigo ciego de la acera,
en el discapacitado en silla de ruedas,
en el desempleado que vive en las chabolas.

Para ellos también está tu Hijo entre nosotros hoy,
Jesucristo, nuestro hermano y Señor,
que vive y reina por los siglos de los siglos.

Introducción a la Plegaria Eucarística
Demos gracias y alabanza a Dios nuestro Padre, que en el bautismo nos dio a su Hijo Jesús como luz de nuestras vidas.

Introducción al Padrenuestro
Con Jesús, luz de nuestras vidas,
pidamos a Dios nuestro Padre
que perdone nuestros pecados
y nos libre de la tiniebla del pecado.
R/ Padre nuestro…

Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de la oscuridad del mal y del pecado,
y concédenos la paz que procede de la justicia y la amistad.

Libéranos de las prisiones que hemos levantado
para nosotros y para otros
por ciego egoísmo,
y que la luz de tu Hijo brille sobre nosotros
mientras nos preparamos para la gloriosa venida
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…

Invitación a la Comunión (cfr. Jn 9,11)
Éste es Jesús, luz del mundo.
Él vino y frotó nuestros ojos;
y nos lavaron en el agua del bautismo;
entonces pudimos verle y creer en él.

Dichosos nosotros
invitados a ver su luz y a comer su pan.
R/ Señor, no soy digno…

Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Por el poder de Jesús, tu Hijo,
despiértanos de la noche del pecado
y del sueño de la indiferencia.

Que la luz de Cristo resplandezca en nosotros,
para que los que viven a nuestro lado
descubran en nosotros un poco de la bondad de tu Hijo,
de su amor compasivo,
de la verdad que él proclamó,
y de la nueva vida que nos trajo.

Ojalá así todos los seres humanos te alaben y vean tu luz,
por los siglos de los siglos.

Bendición
Hermanos:
Dios nos ha llamado por medio de Jesucristo a ser hijos de la luz.
Que ojalá sepamos dar testimonio de la luz de Cristo en la vida de cada día, viviendo con bondad, justicia y verdad.

Y que Dios nos bendiga para esta misión, de modo que seamos para todos una verdadera bendición.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

Comentario al Evangelio del Domingo 30 de Marzo del 2014


José María Vegas, cmf
La luz y la oscuridad

El texto del evangelio empieza planteando una cuestión peliaguda pero siempre actual. Ante el problema del mal (y la ceguera es uno de esos males físicos que producen un horror especial) surge espontánea la pregunta por su causa. Una forma de explicación es encontrar culpables. En las antiguas culturas se vinculaba espontáneamente cualquier mal o desgracia con algún pecado, incluso desconocido, de la víctima de ese mal o de gentes ligadas con ella (como los padres).

La cultura moderna, desde hace varios siglos ha ido invirtiendo el sentido de la responsabilidad, primero vetando a Dios la posibilidad de intervenir en el mundo, ni de modo natural ni sobrenatural (un momento de inflexión muy importante e históricamente localizado fue el terremoto de Lisboa en 1754, que conmovió el ánimo de los ilustrados, y quebró el optimismo que veía en este mundo “el mejor de los posibles”); después tendiendo a imputar a Dios la existencia del mal, o usando el dato del mal para negar la existencia de Dios con un sencillo razonamiento: o Dios quiere acabar con el mal y no puede, y no es todopoderoso; o puede y no quiere, y entonces no es bueno.

Benedicto XVI en su encíclica “Spes salvi” dice que el ateísmo contemporáneo es ante todo un ateísmo moral, que protesta ante el problema del mal. El problema, claro, es que si suprimimos a Dios en virtud del mal, que pese a todo sigue existiendo, nos quedamos sin culpable o, más bien, tenemos que buscar a otro. Probablemente, dado lo relativamente poco inclinados que estamos hoy en día en creer en el Fatum y en diablos, tengamos que dirigir la atención sobre nosotros mismos. No ya, claro, para explicar el mal físico, que tiene causas naturales, sino el mal moral, que depende de nuestra libertad.

Hoy vemos que Jesús no sigue la corriente de su tiempo, que trata de descubrir un culpable de la ceguera, sino que, con su respuesta, nos viene a decir que cualquier mal es ocasión para hacer el bien. Y lo hace. Da la luz al que vive en tinieblas.

Los evangelios siempre juegan con varios planos de significado. Aquí también es así: la ceguera física, una situación de sufrimiento que no exige detectar culpables, sino buscar remedio y alivio, es ocasión para meditar sobre otro tipo de ceguera todavía peor. Bien lo dice el refrán: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y es que el mal que procede del corazón humano, el verdadero mal, el que hemos llamado mal moral, nos ciega, nos impide ver con claridad, nos hace vivir en la oscuridad.

La cosa es patente con ocasión de la curación realizada por Jesús, un acto de benévola gratuidad realizado incluso sin que el ciego de nacimiento lo pidiera. Tras la curación, el que era ciego se ha transformado, se ha convertido plenamente en sí mismo, en un ser autónomo y libre, que ve y puede valerse con independencia. Tal es su transformación, que algunos de sus vecinos no lo reconocen. Y empieza la polémica, que es la que pone de relieve la verdadera ceguera, la de los que no quieren ver. Ceguera hacia el hombre que ha sido salvado. Pero, sobre todo, ceguera hacia Jesús.

 Es impresionante el contraste entre el sencillo gesto de Jesús, meridiano, directo: barro y saliva, una verdadera nueva creación; y el lío que se forma en torno a él. Idas y venidas, interrogatorios repetidos varias veces, acusaciones, amenazas, miedos y exclusiones. Los ciegos que no quieren ver se niegan a reconcer la evidencia del bien realizado de manera gratuita y pública. Por eso preguntan una y otra vez, sin poder aceptar lo que es patente, cegados por sus propios prejuicios, encastillados en la seguridad de su propia justicia, que les impide abrir los ojos a dimensiones nuevas.

Frente a ellos, el ciego que ha abierto los ojos inicia un proceso. Primero se descubre a sí mismo: antes era ciego y ahora veo. “Ve” también que “alguien”, “ese hombre” que se llama Jesús, le ha curado. No sabe más de él y no sabe siquiera dónde está (no lo ve). Pero ante los interrogatorios insistentes, el hombre, que ha empezado a ver por sí mismo, es capaz de tomar postura con la libertad recién estrenada, sin dejarse achantar por las amenazas y, habiendo empezado a ver claro, hace una primera confesión: “ese hombre no es un pecador”, ¿cómo va a ser un pecador el que ha hecho el bien con un poder que sólo puede venir de Dios?; la conclusión es lógica, y está ya muy cerca de una confesión de fe: “es un profeta”. Finalmente, en otro momento de gracia, Jesús se hace el encontradizo con él y le da una luz todavía más alta y decisiva, una revelación sobre el Hijo del Hombre que provoca la confesión final: “Creo, Señor”.

Cuando buscamos culpables, solemos exigir castigos y correcciones. Jesús, en cambio, no apaga la mecha vacilante, ni destruye primero para construir después, ve el corazón, hace el bien, cura, restablece, nos da su luz para que podamos ser libres.

Al considerar la escena que el Evangelio nos propone hoy comprendemos que, como el ciego de nacimiento, estamos en camino y que si queremos seguir progresando (como personas, como cristianos) tenemos que reconocer que, precisamente por estar en proceso, todavía no somos capaces de verlo todo, que hay todavía mucho que ignoramos y que aún tenemos que descubrir. Es decir, se nos invita aquí a que nuestras certezas no se conviertan en prejuicios, en rigideces que nos paralizan, en obstáculos que nos impiden ver más, sino a hacer de ellas luminarias para el camino.

Se insiste hoy en la fe como proceso, camino e iluminación progresiva. Reconocer nuestras cegueras sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre Dios nos ayuda a pedir la luz de la curación, a ampliar el horizonte de nuestra mirada para descubrirnos mejor a nosotros mismos, para reconocer sin prejuicios el bien allí donde se hace, para mirar a los demás con esperanza, pues de ellos, también en camino, vemos sólo una mínima parte, y para alcanzar su corazón deberíamos mirarlos con los ojos de Dios (que son los ojos del amor); en definitiva, para confesar a Jesús de manera renovada.

Pero se nos recuerda también que esa fe tiene que ser confesada, que implica tomar partido, a favor de Cristo o en su contra. Confesar nuestra fe en Jesús de manera pública, sin miedos y sin complejos no está exento de dificultades y de riesgos. También hoy, como en tiempos de Jesús, se dan amenazas de exclusión para los que creen en Cristo. Es notorio lo que sucede con las personas que viven en ciertos países mulsulmanes, sobre todo con aquellas que, perteneciendo al Islam, se convierten a Cristo. Esto supone el exilio cultural y con frecuencia el riesgo de la propia vida. Pero también entre nosotros existen otras formas de amenaza de exclusión de las “sinagogas” de nuestro tiempo. No es fácil resistir la presión que hoy en día, de manera a veces suave, otras más virulenta, y en nombre de las vigencias (algo así como los credos) del momento trata de expulsar la fe cristiana y a los que la profesan de la vida pública.

Como los padres del ciego, podemos tratar de esquivar esa marginación sacudiéndonos toda implicación o responsabilidad: “que le pregunten a él, que ya es mayorcito” dicen aquellos, negándose a reconocer a su propio hijo. Una forma de hacer esto hoy día es recluirse en el ámbito privado, el de las convicciones íntimas: creer sin confesar, sin dar testimonio, renunciando a reflejar la luz que recibimos de Cristo, para evitarnos complicaciones, acomodándonos lo más posible a lo que dicta el ambiente. Pero esa pura privacidad acomodaticia, en realidad, es imposible.

Hay que tomar partido, aunque, como en el caso del ciego de hoy, nos echen fuera. Si hemos sido curados de nuestra ceguera, si somos capaces de ver con los ojos de Dios y no juzgar sólo por las apariencias más o menos deslumbrantes, de ver la presencia de Dios en lo pequeño, como Samuel que tuvo que ungir al menor de los hijos de Jesé, o como el ciego de nacimiento, que supo descubrir al Mesías en el hombre de Nazaret, si vivimos en esta luz, esto no puede no reflejarse en nuestra vida. En primer lugar, en nuestras obras, que tienen que tratar de ser las de los hijos de la luz y que Pablo resume hoy admirablemente: la bondad, la justicia y la verdad; dicho con otras palabras: la benevolencia hacia todos, en vez del odio, la exclusión o la violencia; la equidad, en vez de la búsqueda del propio interés a toda costa; la veracidad y la sinceridad, que no trata de someter la realidad a esos mismos intereses.

Se refleja, en segundo lugar, en nuestro modo de tratar con el mundo que nos rodea: la misma fe ha de ser principio de discernimiento de lo que se puede aceptar y de lo que no. Siempre tenemos la tentación de hacer al revés: acomodar la fe a las modas del momento, a lo que agrada al mundo, en vez de buscar lo que agrada al Señor, aun a costa de renunciar a las vanidades estériles, y de denunciar lo que es inadmisible y vergonzoso, por más predicamento que pueda tener. Renunciar y denunciar son sólo la cruz de la cara positiva: anunciar, confesar y testimoniar nuestra fe, esto es, vivir reflejando la luz que Cristo ha venido a traernos y con la que nos está curando.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
TRANSLATE


EnglishcvFrenchGermanSpainItalianDutchRussianPortugueseJapaneseKoreanArabicChinese Simplified