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Lecturas y Liturgia del 22 de Agosto de 2014

Lecturas del Viernes de la 20ª semana del Tiempo Ordinario

MISA DEL DIA   http://www.magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO DEL DIA  http://www.radiopalabra.org/IMG/mp3/206T0B.mp3


Viernes, 22 de agosto de 2014
Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (9,1-3.5-6):

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.» Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 112,1-2.3-4.5-6.7-8

R/. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. R/.

De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. R/.

¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar al cielo y a la tierra? R/.

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Santa María Virgen, reina

Viernes, 22 de agosto de 2014
Introducción

“De hoy en adelante me felicitarán todas las generaciones”, canta María. ¿Qué significa llamar a María, la humilde virgen, bendita o bienaventurada? Significa nada más y nada menos que estamos llenos de admiración, y que queremos adorar la maravilla (Jesús) que el Espíritu cultivó en su seno; que interpretamos desde ella que Dios mira a la humilde sierva y la alza a la altura; que la venida de Dios a este nuestro mundo no busca lo alto sino lo profundo; que la gloria de Dios consiste en hacer grande lo que es pequeño. Llamar a María bienaventurada significa que, junto con ella, meditamos con admiración los caminos de Dios, que deja al Espíritu soplar donde quiere; obedecerle y decir humildemente con María: “Hágase en mí según tu palabra.” (Bonhoeffer)







Oración Colecta
Señor Dios nuestro:
La madre sin pretensiones de tu Hijo
no quería ser más que tu humilde sierva.

Permítenos honrarla como nuestro modelo y nuestra reina,
de fe sincera y profunda
y de modesto y fiel servicio
a tus planes sobre tu Hijo y sobre el mundo.

Que sus oraciones nos imbuyan con su espíritu.
Te lo pedimos por medio de su Hijo,
Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Con toda sencillez colocamos ante ti
estos signos de pan y vino.

Que aprendamos de tu Hijo y de su madre María
a aceptar cualquier misión que nos encomiendes
y a decir de todo corazón;

“Que se haga en mí según tu palabra.”
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.


Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Con María Reina nos regocijamos hoy
porque en ella y para ella hiciste grandes cosas.

Que nuestra generación te alabe a ti y a ella
viviendo para tu Hijo y para nuestro prójimo,
esté cerca o lejos,
con un fuerte espíritu de servicio y de entrega
y con grande y confiada fe.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor




Comentario al Evangelio del viernes, 22 de agosto de 2014

Fernando Torres Pérez, cmf


La verdad es que sí. La primera lectura tiene razón. Toda la razón. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.” En realidad, cualquier luz que aparezca en las tinieblas es grande. Es todo en medio de la nada.

La luz es la que se nos narra en el Evangelio: el relato de la anunciación. Lo podemos rodear de mucha solemnidad. Los pintores del renacimiento ponen luces, paisajes, casas hermosas, ángeles que danzan por los cielos. Y una doncella en oración. La realidad tuvo que ser mucho más sencilla –¡siempre es más sencilla!–. Una casa muy pobre. Una doncella sencilla. Y algo que pasa en su corazón. Una presencia. Un sentimiento. Un algo especial, tan difícil de comunicar con palabras que, al cabo de los años, el autor del evangelio de Lucas no tuvo más remedio que imaginar esta escena y este diálogo.
Podemos pasar de los detalles. No son importantes. Hay que ir a lo esencial. En un momento determinado de nuestra historia, Dios se quiere hacer presente en medio de nosotros. No escoge un milagro portentoso, maravilloso, sobrehumano – nota: desconfiar de ese tipo de milagros, no es el estilo de nuestro Dios–. Nada que dejase a todo el mundo a sus pies. Todo sucede en la intimidad de una doncella nazarena. Una chica joven, tan sencilla, que fue capaz de acoger la Palabra en su corazón y de concebirla para nosotros.

En alguna pequeña capilla he visto que la puerta misma del sagrario es la imagen de la virgen. Ella concibe la Palabra, la guarda en su corazón, llena del Espíritu, y nos lo entrega con aquellas palabras de las bodas de Caná: “Haced lo que él os diga.”
Todo eso tan simple marca la presencia entre nosotros de un Dios que no humilla sino que acompaña, ayuda, alienta, consuela, perdona, cura, reconcilia, venda... Ese es el estilo de nuestro Dios. Y esa es la forma de ser reina de María, la sencilla doncella nazarena, que dijo “Sí” y acogió la promesa de Dios en su vientre. No la hagamos “reina” al estilo de los reyes de este mundo. Eso sería una gran traición al Evangelio, al Dios a quien dijo “Sí” y a ella misma.
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