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Lecturas y Liturgia del 25 de Octubre de 2014

Lecturas del Sábado de la 29ª semana del Tiempo Ordinario - Ciclo A

MISA DEL DIA    http://www.magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO DEL DIA  http://evangeli.net/_mp3/daily/es/IV_267.mp3


Sábado, 25 de octubre de 2014
Primera lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,7-16):

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres.» El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar el universo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor

Palabra de Dios

Salmo
Sal 121,1-2.3-4a.4b-5

R/. Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. R/.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. R/.

Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,1-9):


En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero el viñador contestó: "Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas."»

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Sábado de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

Sábado, 25 de octubre de 2014
CONSTRUYENDO COMUNIDAD
(Ef 4,7-16; Lc 13,1-9)

Introducción
La primera lectura de la carta a los Efesios nos dice hoy que se nos dieron los dones a todos y a cada uno de nosotros para edificar el cuerpo de Cristo. Construir comunidad es nuestra tarea, y cada uno es importante, aun cuando el papel de uno parezca secundario o de poca monta. Cada miembro añade su propia fuerza. ¿O acaso nosotros, como junturas mal ensambladas, contribuimos a la debilidad del todo?
Evangelio. Somos pecadores, merecedores de castigo. Pero Dios es un Dios paciente, dispuesto a dar nuevas oportunidades.

Oración Colecta
Señor Dios nuestro:
Es alentador para nosotros oír que,
seamos o no conocidos e influyentes en este mundo,
tanto si nuestros talentos son muchos como si son pocos,
todos somos importantes para ti
y tú nos necesitas para construir el cuerpo de tu Hijo.
Gracias por esta confianza que nos das,
y haznos capaces de construir unidad y comunidad
por medio de las gracias y dones
con las que tú nos enriqueces
por medio de Jesucristo nuestro Señor.

Intenciones
Para que nuestras comunidades locales sean profundamente conscientes de que están unidas en fe y amor, en esperanza y servicio, con el papa y con la Iglesia Universal, roguemos al Señor.
Para que en nuestra Iglesia y en nuestras comunidades nos aceptemos unos a otros, en toda nuestra diversidad, como el único Pueblo de Dios, roguemos al Señor
Para que cada uno de nosotros, en su lugar y con su propia misión, sea profundamente consciente de que cada uno es aceptado y requerido para el bien de todo el cuerpo de Cristo, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Esta nuestra comunidad te ofrece
en este pan y este vino
su deseo de ser una.
Que este banquete eucarístico nos una todavía más
y nos haga el signo visible
de la unidad a la que tú llamas a todo tu pueblo
bajo la única cabeza en el cuerpo único
de Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Es hermoso estar aquí unidos
por encima de nuestras diferencias
con una sola fe y un solo amor
junto a Jesús tu Hijo.
Que la variedad de nuestros talentos
de mente y corazón,
de nuestras inclinaciones y funciones,
e incluso de nuestras deficiencias,
contribuya al crecimiento en amor
del cuerpo de Jesucristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: Como los miembros de un cuerpo, tenemos que trabajar linda y generosamente todos juntos para edificar el cuerpo de la Iglesia. Si dejamos de hacer esto, la Iglesia se desploma. Pero trabajando juntos podemos edificar una Iglesia fuerte y robusta, en la que Cristo realmente vive.
Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes.

Comentario al Evangelio del 25 de octubre de 2014

San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Las Confesiones, libro 8
Responder, al fin, a la llamada de Dios a convertirse


Me retenían mis viejas ideas amigas, ¡esas bagatelas de bagatelas, esas vanidades de vanidades! Con suaves golpes me tiraban de mi ropa de carne y me murmuraban en voz suave: “¿Nos dejas? ¡Acabas para siempre! A partir de este momento ya cercano, ya no estaremos más contigo, no te será permitido hacer esto, hacer lo otro” Oh, Dios mío, qué de cosas me sugerían!... Dudaba yo de deshacerme de ellas, de saltar hacia donde me sentía llamado; la costumbre, de manera tiránica, me decía: “¿Crees que podrás vivir sin ellas?” Pero ya su voz era más dulce, porque del lado hacia donde giraba mi rostro y donde me daba miedo pasar, la casta dignidad de la continencia me invitaba noble y graciosamente a venir sin dudar, enseñándome un multitud de buenos ejemplos:… “Es el Señor, su Dios, quien te los ha dado. ¿Por qué te apoyas sobre ti mismo siendo así que tú mismo no te mantienes en pie? Lánzate a él, no tengas miedo. Él no va a ocultarse para que caigas. Échate sin temor; él te recibirá y te curará”…

Esta lucha en mi corazón no era más que una lucha de yo mismo contra yo mismo… Cuando mi mirada había, por fin, sacado del fondo de mi corazón todas mis miserias, me sobrevino una gran tempestad de lágrimas. Para dejar que la tempestad rompiera, me levanté y salí… Sin saber demasiado cómo, me eché bajo una higuera, dejé que mis lágrimas corrieran completamente, brotaron a oleadas, sacrificio digno de ti, Dios mío. Y te dije sin mesurar: “Y tú, Señor, ¿hasta cuando? ¿Hasta cuando estarás enojado? No te acuerdes más de nuestras viejas iniquidades” (Sl 6,4; 78,5)… Yo lanzaba gritos lastimeros: “¿Para cuánto tiempo? ¿Hasta cuándo? Mañana, siempre mañana. ¿Por qué no ahora mismo?”…

Y he aquí que sentí una voz que venía de una casa vecina, una voz de niño o niña, que cantaba y repetía: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”. Al momento me rehice y quería recordar si era el estribillo habitual de un juego infantil; ninguno me venía a la memoria. Reprimiendo mis lágrimas, me levanté con la certeza de que el cielo me ordenaba abrir el libro del apóstol Pablo y leer el primer pasaje que me saliera… Volví a casa apresuradamente y cogí el libro y leí lo primero que me salió: “Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos” (Rm 13,13s). No hacía falta seguir leyendo, no tenía necesidad de más. Justo al acabar estas líneas, una luz de seguridad se derramó en mi corazón y todas las tinieblas de mi incertidumbre se disiparon.
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