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Lecturas y Liturgia del 23 de Marzo de 2015

Lecturas del Lunes de la 5ª semana de Cuaresma

MISA DEL DIA   http://www.magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO DEL DIA       http://evangeli.net/_mp3/daily/es/II_44.mp3

Primera lectura
Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

Vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy bella y temerosa de Dios; sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico, tenía un jardín contiguo a su casa, y los judíos solían acudir donde él, porque era el más prestigioso de todos. Aquel año habían sido nombrados jueces dos ancianos, escogidos entre el pueblo, de aquellos de quienes dijo el Señor: «La iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y jueces que se hacían guías del pueblo.» Venían éstos a menudo a casa de Joaquín, y todos los que tenían algún litigio se dirigían a ellos. Cuando todo el mundo se había retirado ya, a mediodía, Susana entraba a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos, que la veían entrar a pasear todos los días, empezaron a desearla. Perdieron la cabeza dejando de mirar hacia el cielo y olvidando sus justos juicios. Mientras estaban esperando la ocasión favorable, un día entró Susana en el jardín como los días precedentes, acompañada solamente de dos jóvenes doncellas, y como hacía calor quiso bañarse en el jardín. No había allí nadie, excepto los dos ancianos que, escondidos, estaban al acecho.
Dijo ella a las doncellas: «Traedme aceite y perfume, y cerrad las puertas del jardín, para que pueda bañarme.»

En cuanto salieron las doncellas, los dos ancianos se levantaron, fueron corriendo donde ella, y le dijeron: «Las puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven y que por eso habías despachado a tus doncellas.»
Susana gimió: «¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor.»
Y Susana se puso a gritar a grandes voces. Los dos ancianos gritaron también contra ella, y uno de ellos corrió a abrir las puertas del jardín. Al oír estos gritos en el jardín, los domésticos se precipitaron por la puerta lateral para ver qué ocurría, y cuando los ancianos contaron su historia, los criados se sintieron muy confundidos, porque jamás se había dicho una cosa semejante de Susana. A la mañana siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, su marido, llegaron allá los dos ancianos, llenos de pensamientos inicuos contra Susana para hacerla morir.

Y dijeron en presencia del pueblo: «Mandad a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín.»
Mandaron a buscarla, y ella compareció acompañada de sus padres, de sus hijos y de todos sus parientes. Todos los suyos lloraban, y también todos los que la veían. Los dos ancianos, levantándose en medio del pueblo, pusieron sus manos sobre su cabeza. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón tenía puesta su confianza en Dios.
Los ancianos dijeron: «Mientras nosotros nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos doncellas. Cerró las puertas y luego despachó a las doncellas. Entonces se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver esta iniquidad, fuimos corriendo donde ellos. Los sorprendimos juntos, pero a él no pudimos atraparle porque era más fuerte que nosotros, y abriendo la puerta se escapó. Pero a ésta la agarramos y le preguntamos quién era aquel joven. No quiso revelárnoslo. De todo esto nosotros somos testigos.»
La asamblea les creyó como ancianos y jueces del pueblo que eran. Y la condenaron a muerte.
Entonces Susana gritó fuertemente: «Oh Dios eterno, que conoces los secretos, que todo lo conoces antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí falso testimonio. Y ahora voy a morir, sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí.»

El Señor escuchó su voz y, cuando era llevada a la muerte, suscitó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, que se puso a gritar: «¡Yo estoy limpio de la sangre de esta mujer!»
Todo el pueblo se volvió hacia él y dijo: «¿Qué significa eso que has dicho?»
Él, de pie en medio de ellos, respondió: «¿Tan necios sois, hijos de Israel, para condenar sin investigación y sin evidencia a una hija de Israel? ¡Volved al tribunal, porque es falso el testimonio que éstos han levantado contra ella!»
Todo el pueblo se apresuró a volver allá, y los ancianos dijeron a Daniel: «Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, ya que Dios te ha dado la dignidad de la ancianidad.»
Daniel les dijo entonces: «Separadlos lejos el uno del otro, y yo les interrogaré.»
Una vez separados, Daniel llamó a uno de ellos y le dijo: «Envejecido en la iniquidad, ahora han llegado al colmo los delitos de tu vida pasada, dictador de sentencias injustas, que condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, siendo así que el Señor dice: "No matarás al inocente y al justo." Con que, si la viste, dinos bajo qué árbol los viste juntos.»

Respondió él: «Bajo una acacia.»
«En verdad –dijo Daniel– contra tu propia cabeza has mentido, pues ya el ángel de Dios ha recibido de él la sentencia y viene a partirte por el medio.»
Retirado éste, mandó traer al otro y le dijo: «¡Raza de Canaán, que no de Judá; la hermosura te ha descarriado y el deseo ha pervertido tu corazón! Así tratabais a las hijas de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros. Pero una hija de Judá no ha podido soportar vuestra iniquidad. Ahora pues, dime: ¿Bajo qué árbol los sorprendiste juntos?»
Él respondió: «Bajo una encina.»
«En verdad –dijo Daniel– tú también has mentido contra tu propia cabeza: ya está el ángel del Señor esperando, espada en mano, para partirte por el medio, a fin de acabar con vosotros.»
Entonces la asamblea entera clamó a grandes voces, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él.
Luego se levantaron contra los dos ancianos, a quienes, por su propia boca, había convencido Daniel de falso testimonio y, para cumplir la ley de Moisés, les aplicaron la misma pena que ellos habían querido infligir a su prójimo: les dieron muerte, y aquel día se salvó una sangre inocente.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):


En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.»
Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Lunes de la 5ª semana de Cuaresma

EL SEÑOR ME HA RESUCITADO (2 Re 4,18b-21, 32-37; Jn 11,1-45)
Introducción
La Primera Lectura nos ofrece el relato de la resurrección del hijo de una mujer de Sunán, acogedora y hospitalaria, que había dado cobijo al profeta Eliseo.
El Evangelio nos narra el dramático relato de Jesús resucitando a Lázaro. Los mayores problemas en la vida humana son ciertamente los enemigos de la vida: sufrimiento y muerte. Cuando miramos con reverencia a Jesús vemos que dio sentido al sufrimiento convirtiéndolo en una forma de servir a Dios y a la gente. Él venció a nuestro fundamental enemigo, la muerte, regresando de nuevo a la vida, resucitando de entre los muertos. En el evangelio de hoy le vemos derrotando a la muerte no sólo en sí mismo sino en otra persona, resucitando a su amigo Lázaro. Pidámosle en esta eucaristía fe firme en la resurrección, que él prepara también para nosotros.


Oración Colecta
Oh Dios y Padre nuestro, Dios de vida:
Tú quieres que vivamos y que seamos felices.
Tu Hijo Jesús nos asegura:
“Yo soy la resurrección y la vida”.
No permitas que tu vida muera en nosotros.
Haz que salgamos de nuestras tumbas de pecado,
de mediocridad y temores.
Que la vida triunfe en nosotros,
aun en nuestras incertidumbres y pruebas,
y haz que contagiemos a otros nuestra esperanza
de que nos has destinado para una vida gozosa sin fin
por medio del primer nacido de entre los muertos,
Jesucristo nuestro Señor.

Intenciones
Marta dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto “. Señor, haznos conscientes de que tú estás aquí con nosotros y que nos llamas a la vida. Y así te decimos:
R/ Jesús, Hijo del Dios vivo, danos vida.
Señor, da nueva vida a tu Iglesia y dale valor, para que, a través de las penosas pruebas de la renovación, renazca una Iglesia mejor, y así te decimos: R/ Jesús, Hijo del Dios vivo, danos vida.

Señor, derrama generosa y profundamente tu vida en los adultos y en los niños que se están preparando para el bautismo, para que vivan siempre muy cerca de ti, y así te decimos: R/ Jesús, Hijo del Dios vivo, danos vida.
Señor, mantén a los ancianos y a los moribundos en la esperanza de que resucitarán contigo, para que se entreguen confiadamente a ti con plena serenidad y con profunda fe, y así te decimos: R/ Jesús, Hijo del Dios vivo, danos vida.
Señor, sigue inspirando con el valor y la dignidad de la vida a los que sufren, a las víctimas de la injusticia y de la desgracia, para que no se den por vencidos en la vida, y así te decimos: R/ Jesús, Hijo del Dios vivo, danos vida.
Señor, mira con bondad a nuestra comunidad cristiana. Danos la gracia de apreciar la vida como un gran don y como una seria tarea, para que podamos usar todos nuestros talentos para hacerla plena y rica para otros y para nosotros mismos, y así te decimos: R/ Jesús, Hijo del Dios vivo, danos vida.

Señor Jesús, álzanos desde nuestra trivial autosuficiencia a una esperanza más fuerte que la muerte. Y quédate con nosotros ahora y por los siglos de los siglos.

Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Tu Hijo Jesús ha dado sentido, tanto a la muerte como a la vida.
En su mismo cuerpo experimentó nuestros sufrimientos
junto con nuestras alegrías,
y murió como nosotros
como una ofrenda a ti y a nosotros mismos.

Al unirnos a él en este sacrificio,
ayúdanos a llevar con él
las cargas de nuestros hermanos,
para que con él y contigo, Padre bondadoso,
vivamos por los siglos de los siglos.
Prefacio del Quinto Domingo de Cuaresma (A) (Ver el Sacramentario)

Oración después de la Comunión
Oh Dios de todo lo que vive:
En esta eucaristía tu Hijo Jesús nos ha asegurado
que él es la resurrección y la vida
y que, si creemos en él,
tenemos ahora ya vida eterna..

Que, por medio del pan de vida que nos ha dado,
nos dé la energía necesaria para vivir su vida al máximo
y con él hacer de nuestra vida un don generoso
con el que alegremos y animemos la vida de otros.

Que él nos conduzca hacia ti,
para que vivamos en tu alegría sin fin,
por los siglos de los siglos.

Bendición
Inclínense con reverencia y pidan la bendición del Señor.
Dios nuestro Padre quiere que vivamos. Que ojalá aceptemos con gratitud, como un don y como una misión, la vida que procede de él. R/ Amén.
Nuestro Señor Jesucristo entregó su vida para que nosotros vivamos. Que podamos vivir con él una vida digna de los hijos e hijas de Dios. R/ Amén.
El Espíritu Santo que da vida nos inspira a seguir el camino de Jesús como hombre que vive para los demás. Que él nos haga siempre disponibles y abiertos para acoger a cualquier necesitado. R/ Amén.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre ustedes, les dé vida abundante
y les acompañe siempre.

Comentario al Evangelio del lunes, 23 de marzo de 2015

Fernando Torres Pérez, cmf

Dos historias de mujeres. En la primera lectura, una mujer difamada, acusada falsamente de haber cometido adulterio, por no haber querido rebajarse a ser el juguete de un hombre. La otra, la del Evangelio, sorprendida en pleno adulterio. La primera escapa de milagro a la lapidación, que era el castigo habitual del adulterio. La presencia del joven Daniel fue su salvación. La otra, la del Evangelio, también escapa de la lapidación. Parece que en este segundo caso sí se había producido el adulterio. Pero está Jesús allí. Los escribas y fariseos estaban más interesados en pillar en falta a Jesús que en la mujer. Ella era sólo un juguete para sus intenciones, una herramienta, un medio. Jesús sólo dice una frase: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.” No hizo falta más. Todos se sintieron suficientemente aludidos. Ninguno tuvo valor para agarrar la primera piedra.

Lo primero es decir que en las dos historias la mujer aparece como la mala. En ninguna de las dos historias se busca al hombre con el que, debemos suponer, se ha cometido el adulterio. En las dos historias se da por supuesto que hay que castigar a la mujer y que con eso es suficiente. Ciertamente en la primera historia se castiga a los ancianos acusadores pero por su falsa acusación. En ningún momento del relato aparece que se hubiese tenido la mínima intención de buscar al hombre. Lo mismo en el Evangelio. Y no es verdad. En el Reino hombres y mujeres viven en igualdad. Todos somos hijos e hijas de Dios. No hay diferencia en la dignidad ni en la autoridad por razón de sexo –ni por ninguna otra razón–. Es importante reconocer la dignidad de la mujer y respetarla siempre.

Y lo segundo. Ojo con lanzar acusaciones, tanto si son falsas como si son verdaderas. No vaya a ser que tengamos el tejado de cristal y que, sin darnos cuenta, dejemos al descubierto nuestros propios agujeros, fallos, errores... Por eso conviene ser muy misericordiosos y dar siempre una oportunidad a nuestros hermanos y hermanas. Aunque sólo sea por el interés de que, cuando nos pillen a nosotros, nos den también una segunda oportunidad –y una tercera, y una cuarta, y una quinta... que a saber cuántas nos van a hacer falta–.
Tomemos el ejemplo de Jesús que no condena ni acusa a nadie. Ni a la mujer ni a los otros que viene preparados y dispuestos a hacer que las piedras realicen sobre el cuerpo de la mujer el trabajo de la justicia y restablezcan el orden. A la mujer le dice que se vaya en paz y que no peque más. A ellos les invita sólo a mirar sus propios cuartos trasteros y a tomar conciencia de que tienen ellos mismos mucho que limpiar. Conclusión: no estamos para acusar a nadie sino para celebrar juntos la alegría del perdón, para escuchar juntos, todos, la voz de Jesús que nos dice: “Vete en paz y no peques más.”
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