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Lecturas y Liturgia del 24 de Abril de 2015

Lecturas del Viernes de la 3ª semana de Pascua

MISA DEL DIA   http://www.magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO DEL DIA  http://evangeli.net/_mp3/daily/es/III_25.mp3

Viernes, 24 de abril de 2015
Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (9,1-20):


En aquellos días, Saulo seguía echando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Fue a ver al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres. En el viaje, cerca ya de Damasco, de repente, una luz celeste lo envolvió con su resplandor.
Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
Preguntó él: «¿Quién eres, Señor?»
Respondió la voz: «Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que tienes que hacer.»
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber. Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías.
El Señor lo llamó en una visión: «Ananías.»

Respondió él: «Aquí estoy, Señor.»
El Señor le dijo: «Ve a la calle Mayor, a casa de Judas, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista.»
Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén. Además, trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre.»
El Señor le dijo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas. Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre.»
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo.»
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y lo bautizaron. Comió, y le volvieron las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús es el Hijo de Dios.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 116,1.2

El amor lleva a darse.
R/. Ir al mundo entero y proclamad el Evangelio

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos. R/.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (6,52-59):

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Viernes de la 3ª semana de Pascua

Viernes, 24 de abril de 2015
CRISTO VIVE EN MÍ
(Hch 9,1-20; Jn 6,51-58)

Introducción
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Ésta es la pregunta de Cristo, el Señor, cuando se hace el encontradizo con Saulo, el perseguidor de los cristianos, en el camino de Damasco. Jesús se identifica a sí mismo con sus discípulos perseguidos. Desde aquel momento, en adelante, Saulo servirá al Señor, cuya vida vivirá plenamente: “Ya no soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí”... El del camino de Damasco fue un encuentro que cambió radicalmente a Saulo en Pablo.
El Señor nos dice hoy en el evangelio: “Los que comen mi carne y beben mi sangre viven en mí y yo en ellos”. Éste va a ser nuestro encuentro con el Señor en esta eucaristía. Que ojalá sea un encuentro tan profundo que nos transforme.


 Oración Colecta
Oh Dios, fuente de vida y de amor:
¿Cómo podríamos comprender la profundidad de tu amor,
si tu Hijo no se hubiera hecho hombre,
carne de nuestra carne, y sangre de nuestra sangre?
¿Cómo hubiéramos podido tener el valor
de vivir, e incluso morir -si necesario-,
los unos por los otros,
si Jesús no hubiera entregado su cuerpo
y derramado su sangre por nosotros?

Te damos gracias, Padre,
porque él permanece con nosotros en la eucaristía
y se hace a sí mismo nuestro pan espiritual de cada día.
Que este pan sea el alimento que nos habilite
para vivir y morir, como él,
los unos para los otros y para ti,
nuestro Dios de vida,
por los siglos de los siglos.

Intenciones
Por la Iglesia de Dios, para que la eucaristía siga siendo la fuente de su vitalidad y de su habilidad para dar testimonio de la presencia del Señor en su comunidad, roguemos al Señor.
Por los cristianos de todo el mundo, para que tengan hambre y sed de justicia en el mundo, roguemos al Señor.
Por nosotros y por todos los cristianos que nos reunimos juntos en torno a la mesa del Señor, para que Cristo nos una -mente y corazón- y nos haga como mesas bien provistas, abiertas y preparadas para los hermanos, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios nuestro amoroso:
Como un Padre que se preocupa profundamente,
nos invitas al banquete de tu Hijo.
Él transformará nuestro pan en su carne,
nuestro vino en bebida de vida.
Haz que seamos uno con él;
calma nuestra hambre con su pan
y rejuvenécenos con su bebida,
para que vivamos su vida de valentía y entrega
y para que vivamos con él en tu amor,
ahora y por los siglos de los siglos.

Oración después de la Comunión
Gracias, oh Dios, Padre nuestro,
por sustentarnos en el camino hacia ti
con el verdadero pan y bebida de vida,
tu Hijo Jesucristo.
Que en ésta, y en cada eucaristía,
se encarne él en nosotros
y nos haga encontrarnos con él tan profundamente
que seamos capaces de hacer los unos por los otros
lo que él hizo por todos.
Que Cristo viva en nosotros
ahora y por los siglos de los siglos.

Bendición
Hermanos: Pablo encontró al Señor y se transformó en una persona totalmente nueva, completamente cambiada. Nuestro encuentro con el Señor en la eucaristía debería producir en nosotros la misma transformación, ya que Jesús nos dijo hoy: “Los que comen mi carne y beben mi sangre viven en mí y yo en ellos”. Que él viva plenamente en nosotros.
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.


Comentario al Evangelio del 

ciudadredonda
Queridos amigos:

Llama la atención la forma contundente y drástica con la que Jesús afirma que es necesario comer su carne y beber su sangre para vivir su misma vida, hacerse una sola cosa con Él y ser una prolongación de Él mismo. Esto rechina en los oídos de los oyentes que reaccionan con acritud: “¿Cómo puede éste darnos su propia carne como comida? ”. “Comer el cuerpo” y “beber la sangre” son expresiones fuertes, que provocan reacciones negativas. Suenan a canibalismo. Hay personas que ante la sangre se desmayan. Pero la misma sangre es también signo de una unión irrompible. Por eso se habla de los lazos familiares como vínculos de “sangre”.

Bajando al terreno de los hechos, vemos que la vida cristiana de muchos anda debilitada y enflaquecida o bien por inercia o bien por el secularismo. Hay dos categorías de personas que por no alimentarse bien del Cuerpo y de la Sangre del Señor acaban desnutridos en su fe. Unos porque no los desean ni los buscan y otros porque se imaginan que son de su exclusiva propiedad.

A los primeros les engaña un virus secularista que les hace anoréxicos. Piensan que Jesús es superfluo; no tienen necesidad alguna de alimentarse de la Eucaristía , de comulgar el Cuerpo y la Sangre del Señor. A lo más, la Eucaristía se convierte para ellos en una práctica religiosa más junto a otras, aburrida, anticuada y por supuesto opcional… A todos éstos, que parecen ser bastantes, les flaquean las fuerzas del amor. Al poco se quedan sin fuelle.

Para los últimos, que tal vez “van a Misa” con frecuencia (óptima costumbre en sí misma), el engaño puede estar en la rutina o en una espiritualidad convertida en bulimia, una alimentación que acumula sin transformar. A ellos no les lleva la Eucaristía a convertirse en otros Jesús, a entregarse, a amar en serio.

En medio de esos riesgos, también tan nuestros, sería bueno dedicar en el día de hoy un rato a la contemplación ante el sagrario. Y allá tratar de recuperar el sentido de la Presencia real de Jesús el Señor en la Eucaristía. Permanecer allá durante un tiempo en adoración silenciosa. Y poder orar con palabras como éstas:

Señor Jesús, no son una broma tus palabras,
ni las dices para escandalizar ni provocar.
Son el secreto más profundo del amor.
Haz que me convenzan
y me despierten el hambre de Ti.
Que cuando lo comprenda,
incline mi cabeza.
Ninguna rendición
será tan feliz como esa.
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