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Lecturas y Liturgia del 25 de Octubre de 2015

Lecturas del Domingo 30º del Tiempo Ordinario - Ciclo B


MISA DEL DIA ; http://www.magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO DEL DIA  http://evangeli.net/_mp3/daily/es/IV_269.mp3

Primera lectura
Lectura del libro de Jeremías (31,7-9):

Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»

Palabra de Dios

Salmo
Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6

R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta a los Hebreos (5,1-6):

Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, se gún el rito de Melquisedec.»

Palabra de Dios

Evangelio
Evangelio según san Marcos (10,46-52), del domingo, 25 de octubre de 2015
0
Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,46-52):

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Palabra del Señor

Liturgia viva del Domingo 30º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

1. ¿Estamos Ciegos?
2. ¡Levántate! Jesús Abrirá tus Ojos

Saludo (Ver Segunda Lectura)
Hermanos:
Estamos reunidos en el nombre de Jesús,
de quien el Padre dijo:
“Tú eres mi Hijo;
yo te he engendrado hoy.”
Que la gracia y la paz de Jesús, el Señor,
esté siempre con ustedes.

Introducción por el Celebrante (Dos opciones)
1. ¿Estamos ciegos?
Demos gracias a Dios de todo corazón por el don de la vista, todos nosotros que hemos recibido del mismo Dios ojos sanos y claros. Pero hoy el Señor nos pregunta: ¿Ven ustedes con los ojos del corazón lo que les estoy pidiendo? ¿Ven ustedes el camino que les he mostrado? ¿Ven ustedes a la gente que he colocado en su camino, y son ustedes conscientes de sus hambres y necesidades? ¿Ven ustedes la belleza del mundo que yo creé, y están ustedes dispuestos a conservarlo como una maravilla para ustedes y para sus hijos? Pidamos al Señor en esta eucaristía que abra nuestros ojos para que sepamos “ver” a Dios y a su pueblo.

2. ¡Levántate! Jesús Abrirá Tus Ojos
A veces nos sentimos como ciegos, andando a tientas en la oscuridad, o incluso aturdidos, sentados descorazonados a la orilla del camino. No vemos dónde estamos o hacia dónde vamos; no podemos discernir sobre qué tenemos que creer u obrar. Si al menos nos volviéramos a Jesús y le dijéramos: “Señor, que vea de nuevo.”
Que el Señor restaure nuestra visión de tal forma que podamos seguirle en el camino que nos señala. Sea ésta nuestra plegaria de hoy en esta eucaristía.

Acto Penitencial
¡Qué ciegos hemos sido, con frecuencia,
para con Dios, tan cercano a nosotros
en nuestro mundo, en nuestro trabajo, en nuestros hermanos.
Busquemos ahora el perdón del Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, dejé de ver las necesidades
de los miembros de mi familia:
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tantas veces no supe percibir
el hambre de afecto,
el ansia de justicia y de dignidad humana
de amigos y vecinos:
Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, tantas veces no supe percibir
el deseo sincero de gente cercana y lejana
de conocerte y seguirte
aún cuando no fueran conscientes de ello,
y no los conduje a ti:
Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor,
y perdona todos nuestros pecados.
Abre nuestros ojos a tu amor y a tu pueblo
y llévanos a la vida eterna.

Oración Colecta
Oremos para que el Señor nos oiga a nosotros
y a todos los que le suplican.
(Pausa)
Oh Dios nuestro, fuente de vida:
Tú estás muy cerca de nosotros
en nuestras alegrías y en nuestras penas.
Danos ojos de fe y amor,
para ver la misión que nos han confiado en la vida
y valor y gracia para llevarla a cabo.
Danos también una visión clara
para ver las necesidades del pueblo
que grita su miseria o sufre en silencio,
para que sepamos llevarles tu compasión sanadora
y les orientemos hacia ti.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Primera Lectura (Jer 31,7-9): Dios Reúne a su Pueblo
Dios reúne a su pueblo desde los confines más lejanos de la tierra; incluso reúne a las personas cuya fe es débil y vacilante. Porque él es un Dios y Padre salvador.

Segunda Lectura (Heb 5,1-6): Jesús, el Nuevo Sumo Sacerdote
Dios mismo ha elegido a nuestro Salvador Jesús como el nuevo sumo sacerdote. Jesús se ofreció a sí mismo por nuestros pecados.

Evangelio (Mc 10,46-52): ¡Señor, que vea!
Jesús hace que un ciego vea de nuevo. Este hombre ciego es imagen de todo cristiano; tenemos que aprender a ver con ojos de fe para seguir a Jesús.

Oración de los Fieles
Roguemos a Jesús, que restauró la vista del ciego, para que con él sepamos ver las necesidades de nuestros hermanos dondequiera ellos se encuentren. Digamos:
R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.

Señor, mira los ojos de los niños que se abren a la vida; mira los ojos llenos de esperanza de los que creen en ti y en el futuro que les prometes. Llénalos a todos con tu luz. Con toda confianza te pedimos:
R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.
Señor, mira la alegría en los ojos de los que saben cómo amar; mira los ojos llenos de odio de los que se sienten frustrados en la vida. Con toda confianza te pedimos:
R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.
Señor, mira los ojos tristes de los que sufren; mira los ojos sin vida de los que son físicamente ciegos. Con toda confianza te pedimos:
R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.
Señor, mira los ojos desalentados de los que se rinden ante las dificultades de la vida; mira también el ardor en los ojos de los que continúan luchando. Con toda confianza te pedimos:
R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.
Señor, mira los ojos taciturnos de los que están cerrados a sus hermanos;mira los ojos llenos de lágrimas de los que hacen duelo por sus seres queridos difuntos. Con toda confianza te pedimos:
R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.
Señor Jesús, concédenos la gracia de abrir nuestros ojos, nuestras manos, nuestro corazón y así podremos mirar a este mundo y a los hermanos con los mismos ojos afables que tú, que eres nuestro Señor por los siglos de los siglos.

Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Padre nuestro:
El mundo entero es un signo tuyo.
Tu belleza se ve reflejada en cada flor;
cada rayo del sol brilla con tu luz.
Danos a todos nosotros un corazón agradecido
que se regocije en cosas sencillas.
Danos nuevos ojos para descubrir
en estos signos de pan y vino que ahora te ofrecemos
el amor y la vida de Jesucristo tu Hijo
y danos fe para ver qué bueno es
ser tu pueblo en Jesucristo nuestro Señor.

Introducción a la Plegaria Eucarística
Dios nos llamó de las tinieblas del pecado a la luz de la fe y de su amor. Dirigidos por Jesús, que es nuestra luz y nuestra vida, damos nuestra gozosa acción de gracias al Padre.

Invitación al Padre Nuestro
Dios nos dice hoy que él es un padre para con su pueblo. Dirijamos a él nuestra oración con las palabras de Jesús.

Oración por la Paz
Señor Jesús:
Tú das fuerza, alegría y luz
a los que quieren seguirte.
Haz que los cojos brinquen de alegría,
restaura la vista de los ciegos,
libera a todos los cautivos
y lleva a todos los que sufren
la esperanza y la paz de tu reino,
donde vives y reinas por los siglos de los siglos.


Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor,
que nos encuentra en el camino.
Dichosos nosotros porque él viene
a curarnos de nuestra ceguera
y a llamarnos para que le sigamos.

Oración después de la Comunión
Oh Dios nuestro, Padre amoroso:
Hemos escuchado y visto a tu Hijo
y le hemos reconocido al partir el pan.
Ayúdanos a ver con su luz
lo que es recto y lo que es erróneo en nosotros.
Haznos entender el sentido más profundo
del dolor y del sufrimiento.
Y un día muéstrate a nosotros como tú eres,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Bendición
Hermanos: Hemos oído en esta eucaristía cómo el Señor da nueva luz a ojos sin vida. Un ciego llega a ver de nuevo y sigue a Jesús.
Que el Señor nos haga hombres y mujeres que ven con ojos de fe.
Que el Señor nos ayude a ver el camino a seguir y a reconocerle en nuestra vida. Que nos dé la alegría de seguirle.
Y que el Dios todopoderoso nos bendiga a todos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Podemos ir en paz y que la luz del Señor brille sobre ustedes.

Comentario del Domingo 30º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

«‘¿Qué quieres que te haga?’. El ciego le dijo: ‘Rabbuní, ¡que vea!’»
Rev. D. Pere CAMPANYÀ i Ribó
(Barcelona, España)

Hoy, contemplamos a un hombre que, en su desgracia, encuentra la verdadera felicidad gracias a Jesucristo. Se trata de una persona con dos carencias: la falta de visión corporal y la imposibilidad de trabajar para ganarse la vida, lo cual le obliga a mendigar. Necesita ayuda y se sitúa junto al camino, a la salida de Jericó, por donde pasan muchos viandantes.

Por suerte para él, en aquella ocasión es Jesús quien pasa, acompañado de sus discípulos y otras personas. Sin duda, el ciego ha oído hablar de Jesús; le habrían comentado que hacía prodigios y, al saber que pasa cerca, empieza a gritar: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» (Mc 10,47). Para los acompañantes del Maestro resultan molestos los gritos del ciego, no piensan en la triste situación de aquel hombre, son egoístas. Pero Jesús sí quiere responder al mendigo y hace que lo llamen. Inmediatamente, el ciego se halla ante el Hijo de David y empieza el diálogo con una pregunta y una respuesta: «Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: ‘¿Qué quieres que te haga?’. El ciego le dijo: ‘Rabbuní, ¡que vea!’» (Mc 10,51). Y Jesús le concede doble visión: la física y la más importante, la fe que es la visión interior de Dios. Dice san Clemente de Alejandría: «Pongamos fin al olvido de la verdad; despojémonos de la ignorancia y de la oscuridad que, cual nube, ofuscan nuestros ojos, y contemplemos al que es realmente Dios».

Frecuentemente nos quejamos y decimos: —No sé rezar. Tomemos ejemplo entonces del ciego del Evangelio: Insiste en llamar a Jesús, y con tres palabras le dice cuanto necesita. ¿Nos falta fe? Digámosle: —Señor, aumenta mi fe. ¿Tenemos familiares o amigos que han dejado de practicar? Oremos entonces así: —Señor Jesús, haz que vean. ¿Es tan importante la fe? Si la comparamos con la visión física, ¿qué diremos? Es triste la situación del ciego, pero mucho más lo es la del no creyente. Digámosles: —El Maestro te llama, preséntale tu necesidad y Jesús te responderá generosamente.


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