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Lecturas y Liturgia del 26 de Octubre de 2015

Lecturas del Lunes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

MISA DEL DIA ; http://www.magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO DEL DIA   http://evangeli.net/_mp3/daily/es/IV_271.mp3

Primera lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,12-17):


Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 67,2.4.6-7ab.20-21


R/. Nuestro Dios es un Dios que salva

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. R/.

Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece. R/.

Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,10-17):


Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar.
Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.»
Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?»
A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Lunes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

DIOS, NUESTRO PADRE
(Año I. Rom 8,12-17; Lc 13,10-17)


Introducción
Año I. Somos hijos e hijas de Dios, porque el Espíritu de Cristo, el Hijo perfecto, vive en nosotros. Con Cristo y por medio de su Espíritu, podemos llamar a Dios Padre nuestro. Él es un padre con un amor lleno de afecto y ternura como el de una madre. Dios no es un padre paternalista. Respeta nuestra libertad. Quiere que nosotros seamos responsables y maduros, y que le correspondamos libremente con amor. Quiere que le sirvamos como personas “espirituales”, movidas por el Espíritu, sin ninguna actitud servil.
Evangelio. Un ejemplo claro del amor de Jesús es precisamente el haber curado a la mujer encorvada. De nuevo los legalistas protestan porque Jesús cura a una enferma en sábado. Jesús apela a su sentido común. El sábado es un día de Dios, un día en el que recordamos la bondad de Dios y le damos gracias por su amor. ¿No es acaso el día del Señor el día más apropiado en el que podemos trasmitir el amor de Dios los unos a los otros y crearnos de nuevo los unos a los otros?

Oración Colecta
Oh Dios, tu Espíritu nos impulsa a clamar:
“¡Oh Dios, Padre nuestro!”
No permitas ya más
que te sirvamos como esclavos de ninguna ley,
sino con un espíritu filial --como hijos e hijas--,
que nos hace ir mucho más allá de la ley.
Sí, haznos ver y experimentar
que estamos entregados a tu persona
por medio de lazos de amor
en respuesta a tu amor gratuito
que nos buscó personalmente
aun antes de que fuéramos conscientes de ello.
Te damos gracias por querer ser nuestro Padre
por medio de Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor.

Intenciones
Por la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, para que no se vea dividida en facciones y para que llegue a ser para todos un signo de unidad y amor, roguemos al Señor.
Por todo el ancho mundo, para que todos los seres humanos descubran que Dios los ama tiernamente como a hijas e hijos suyos, roguemos al Señor.
Por todos nosotros, para que sepamos perdonarnos unos a otros de todo corazón, no buscar revancha, no guardar rencor, y aprender a mirar a los demás como personas queridas por el mismo Padre del cielo, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, grande y santo:
Con gozo te llamarte Padre
porque somos verdaderamente hijas e hijos tuyos.
Oh Dios, acepta nuestra acción de gracias
por medio de Jesucristo, tu Hijo,
que vino a nosotros para hacernos tus hijos.
Él se va a hacer presente ahora entre nosotros
en estos signos de pan y vino.
Que nos haga sentir más profundamente
que somos tus hijos e hijas
para que así te sirvamos como él lo hizo,
con un amor que no calcula el costo
sino que responde graciosamente a tu amor,
tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Oración después de la Comunión
Oh Dios, Padre nuestro:
Cuando regresamos a nuestro trabajo y a la relación diaria con los hermanos, haz que tu Espíritu sea verdaderamente
nuestro guía en la vida.
Como espíritu que es de amor, que nos ayude
a ver las necesidades y sufrimientos
de los que nos rodean,
a sentir con ellos
y a ayudarles desinteresadamente.
Y, como espíritu que es de de libertad,
que nos haga responsables y maduros
con la madurez a la que tú nos llamas
en Jesucristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: Somos hijos e hijas libres del Padre. ¡Qué bueno! Y sin embargo sabemos que todo esto es un regalo gracioso de Dios. Dios nos ha hecho hijos suyos por medio de nuestro hermano mayor Jesucristo. Que él siga bendiciéndoles a ustedes, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Comentario del Lunes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Queridas amigas y amigos:

En el evangelio de hoy, como en otros pasajes del evangelio, Jesús se presenta en combate contra el mal. Éste toma posesión del ser humano de diversas maneras; en este caso como una enfermedad que lastima a una mujer en su cuerpo y en su alma.

El mal es una como una maligna enfermedad. Jesús se encuentra con una mujer que llevaba encorvada dieciocho años, posiblemente a causa de una escoliosis, enfermedad de la columna vertebral. Además de doloroso, su padecimiento era demasiado prolongado. Tal dolencia le impedía mantenerse erecta, postura propia del ser humano creado, dueño del mundo, a diferencia de los animales. Lo primero que hace Jesús es señalar que, en el origen de esa enfermedad, está el pecado. Por su causa, aquella mujer vivía doblegada. Las fuerzas del mal son “espíritu de esclavitud” (Rom 8,15) que aplastan. El Señor la sana y le impone las manos. Y aquella mujer bendice y alaba a su salvador. La curación le hace saltar de la esclavitud a la alabanza.
El mal es como una mentalidad torcida. Pero el mal impregna también otros territorios más hondos del ser humano como era la mentalidad legalista y absurda del jefe de la sinagoga. Este personaje echa en cara a la gente –no a Jesús- una violación de la Ley, por transgredir el sábado. Por el contrario, no otorga valor alguno al irrebatible milagro que acaba de suceder ante sus propias narices. A esa retorcida mentalidad Jesús la llama “hipocresía”, que es una mirada mezquina además de ciega. Usa una doble moral. Confunde, distorsiona y enfrenta. No admira ni alaba, sólo desprecia y acusa. Alega razones tan desafortunadas que reciben la reprobación unánime del auditorio. Con sólo dos preguntas consigue Jesús refutar los fatuos argumentos de este líder de la sinagoga.
Jesús se enfrenta al mal. Y porque no lo soporta, lo combate. Jesús no era un anarquista dispuesto a dinamitar la Ley. Era un hombre libre. No prescindía de la Ley sino que la orientaba hacia su fin verdadero: el bien de la persona. Por eso, hay algo en esta curación que la hace distinta a otros milagros. Normalmente, el que quiere ser curado se acerca hasta Jesús y le pide la sanación. En este caso no. Es Jesús quien abiertamente toma la iniciativa de curarla, de luchar contra el mal que se manifiesta bajo la enfermedad de la mujer y bajo la hipocresía del jefe de la sinagoga. Los sencillos se admiran y se alegran... mientras que los ciegos de corazón quedan abochornados porque son incapaces de abrirse a la verdad. De ahí que las gentes querían a Jesús, pero también le temían: Le querían porque le sabían bueno; le temían porque les desbordaba, porque no repartía monedas como un ricachón, sino que a cambio pedía, nada menos, que un cambio de vida.
Juan Carlos Martos cmf
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