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Lecturas y Liturgia del 3 de Enero de 2016

Lecturas del Domingo 2º después de Navidad

MISA http://magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO  http://evangeli.net/_mp3/daily/es/I_51.mp3

Domingo, 3 de enero de 2016
Primera lectura
Lectura del libro del Eclesiástico (24,1-2.8-12):


La sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos. El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: «Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.» Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto y en Sión me establecí; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 147,12-13.14-15.19-20


R/. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-6.15-18):


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.

Palabra de Dios


Evangelio según san Juan (1,1-18), del domingo, 3 de enero de 2016
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Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”»
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Domingo 2º después de Navidad

Domingo, 3 de enero de 2016
NACIDO DE DIOS (1 Jn 2,29 – 3,6; Jn 1,29-34)

Introducción
El mensaje de hoy habla, en dos sentidos diferentes, de ser hijos e hijas de Dios. En primer lugar está Cristo, el Hijo único de Dios, entendido en un sentido más profundo que cuando decimos que somos amados por Dios. En la Primera Lectura Juan lo reconoce como el Hijo propio de Dios, con una personalidad humana y divina. Es enviado por el Padre para estar en medio del pueblo como quien nos va a salvar por su sufrimiento, como cordero degollado, como Siervo Sufriente.
Por causa de él nacemos nosotros de Dios, somos también hijos e hijas de Dios, como Juan nos dice en su carta. Aunque nuestra existencia pueda parecer banal, existe esta asombrosa verdad: somos hijos de Dios. Esto no es meramente una bonita palabra: Es una profunda realidad. Esta dignidad nos confiere la responsabilidad de crecer, de abandonar el pecado, de madurar hasta la plena personalidad de Cristo, porque esto es lo que se supone que hacen los hijos.

Oración Colecta
Señor Dios, Padre de Jesucristo:
Por medio de tu único Hijo
tú nos has hecho a nosotros también
hijos e hijas tuyos,
que nacen de ti y viven tu vida.
Ayúdanos a cumplir siempre tu voluntad
y a crecer en tu amor
hacia aquella libertad y madurez
a la que nos has llamado
en Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios por los siglos de los siglos.

Intenciones

- Para que haya cada vez más hombres y mujeres, alrededor del mundo, que sepan que son hijos de Dios, de un Dios que les ama tiernamente como aman un padre y una madre, roguemos al Señor.

- Para que, aunque seamos diferentes de tantas maneras, lleguemos a aceptarnos, apreciarnos y amarnos unos a otros como hermanos, roguemos al Señor.

- Para que Dios nos cree de nuevo cada día a imagen de su Hijo y nos ayude a crecer cada vez más a semejanza de Jesús, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre nuestro:
Estos dones de pan y vino,
que proceden de tu generosa mano,
son también fruto de nuestro trabajo.
Te los presentamos como ofrenda,
como señales de nuestra buena voluntad
para continuar la lucha
contra las fuerzas del mal,
en nosotros y alrededor nuestro.
En las tormentas y pruebas de la vida
ayúdanos a vencer al pecado,
para que nos puedas revelar la gloria
que has preparado para nosotros
por medio de Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Señor Dios y Padre nuestro:
Tú has visitado a tus hijos e hijas
por medio de nuestro hermano Jesucristo.
Ayúdanos a vivir juntos
como una comunidad de amistad,
mutua participación y paz,
para que así demos testimonio
de que tú eres nuestro Dios
y de que nosotros somos tu pueblo,
por medio de Jesucristo,
nuestro hermano mayor y nuestro Señor.



Bendición
Hermanos: ¡Hijos de Dios: eso es lo que realmente somos! Que el pensamiento de esta realidad nos colme con un sentido de admiración, gratitud y confiada seguridad.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y les acompañe siempre.




Comentario del Domingo 2º después de Navidad

«Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»
Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE
(Cobourg, Ontario, Canadá)

Hoy, san Juan Bautista da testimonio sobre el Bautismo de Jesús. El Papa Francisco recordaba que «el Bautismo es el sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia»; y agregaba: «No es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos».

Hemos escuchado los dos efectos principales del Bautismo enseñados en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1262-1266):

1º «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 11,29). Un efecto del Bautismo es la purificación de los pecados, es decir, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado.

2º «Baja el Espíritu», «bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1,34): el bautismo nos hace "una nueva creación", hijos adoptivos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, miembros de Cristo, coherederos con Él y templos del Espíritu Santo.

La Santísima Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— nos da la gracia santificante, que nos hace capaces de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo; de vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante sus dones; de crecer en el bien por medio de las virtudes morales.

Pidamos, como nos exhorta el Papa Francisco, «despertar la memoria de nuestro Bautismo», «vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia».

«Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»
+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret
(Vic, Barcelona, España)

Hoy, este fragmento del Evangelio de san Juan nos adentra de lleno en la dimensión testimonial que le es propia. Es testigo la persona que comparece para declarar la identidad de alguien. Pues bien, Juan se nos presenta como el profeta por excelencia, que afirma la centralidad de Jesús. Veámoslo desde cuatro puntos de vista.

La afirma, en primer lugar, como un vidente que exhorta: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Lo hace, en segundo lugar, como un convencido que reitera: «Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’» (Jn 1,30). Lo confirma como consciente de la misión que ha recibido: «He venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel» (Jn 1,31). Y, finalmente, volviendo a su cualidad de vidente, afirma: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre Él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto» (Jn 1,33-34).

Ante este testimonio que conserva dentro de la Iglesia la misma energía de hace dos mil años, preguntémonos, hermanos: —En medio de una cultura laicista que niega el pecado, ¿contemplo a Jesús como aquel que me salva del mal moral? —En medio de una corriente de opinión que sólo ve en Jesús un hombre religioso extraordinario, ¿creo en Él como aquel que existe desde siempre, antes que Juan, antes de que el mundo fuera creado? —En medio de un mundo desorientado por mil ideologías y opiniones, ¿admito a Jesús como aquel que da sentido definitivo a mi vida? —En medio de una civilización que margina la fe, ¿adoro a Jesús como aquel en quien reposa plenamente el Espíritu de Dios?

Y una última pregunta: —Mi “sí” a Jesús, ¿es tan absoluto que también yo, como Juan, proclamo a los que conozco y me rodean: «¡Os doy testimonio de que Jesús es el hijo de Dios!»?
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