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Lecturas y Liturgia del 12 de Junio de 2016

Lecturas del Domingo 11º del Tiempo Ordinario - Ciclo C

Fuente: Ciudad Redonda
MISA http://magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO    http://evangeli.net/_mp3/daily/es/IV_99.mp3

Domingo, 12 de junio de 2016
Primera lectura
Lectura del segundo libro de Samuel (12,7-10.13):


En aquellos días, Natán dijo a David: «Así dice el Señor, Dios de Israel: "Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y, por si fuera poco, pienso darte otro tanto. ¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías, el hitita, y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías."»
David respondió a Natán: «¡He pecado contra el Señor!»
Natán le dijo: «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.»

Palabra de Dios

Salmo
Sal 31,1-2.5.7.11

R/. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R/.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas (2,16.19-21):

Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley, sino por creer en Cristo Jesús. Por eso, hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la Ley.
Porque el hombre no se justifica por cumplir la Ley. Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios.
Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.
Yo no anulo la gracia de Dios. Pero, si la justificación fuera efecto

Palabra de Dios

Evangelio
Evangelio según san Lucas (7,36–8,3), del domingo, 12 de junio de 2016

Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,36–8,3):

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»
Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.»
Él respondió: «Dímelo, maestro.»

Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?»
Simón contestó: «Supongo que aquel a quien le perdonó más.»
Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente.»
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»

Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.»
Los demás convidados empezaron a decir entre sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?»
Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»
Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Domingo 11º del Tiempo Ordinario - Ciclo C

Domingo, 12 de junio de 2016
UNDÉCIMO DOMINGO
(CICLO C)

Un Banquete de Perdón

Saludo (Ver Segunda Lectura)
No deberíamos vivir nuestra vida sino la vida de Cristo que vive en nosotros.
Cristo nos ama y se inmoló a sí mismo por nosotros.
Que su paz y su perdón estén siempre con ustedes.

Introducción por el Celebrante
Sabemos por experiencia que una comida es una gran oportunidad para la reconciliación y el perdón. Compartir la misma mesa significa aceptarse unos a otros, formando comunidad, y dejar que lo pasado negativo pasado esté. La comida de la eucaristía es un encuentro con el Cristo que perdona y con los hermanos que conviven en paz. Por eso tenemos en la eucaristía diversos momentos y gestos de perdón y paz: el acto penitencial, el Padre Nuestro, la aclamación al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el saludo de paz…
En el corazón mismo de la celebración recordamos cómo Cristo derramó su sangre para que los pecados fueran perdonados. Celebremos esta eucaristía con espíritu de perdón y reconciliación.


Acto Penitencial
Pidamos al Señor que perdone nuestros pecados
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
(Pausa)
Señor, tú nos amas tanto
que te entregaste a la muerte
para traernos perdón y vida.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tu dijiste a la mujer pecadora
-y nos lo repites también a nosotros-:
“Tus pecados quedan perdonados; vete en paz”:
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor, tú nos ha perdonado mucho;
danos la gracia de que te amemos cada vez más:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor.
Ayúdanos a perdonarnos unos a otros
como tú nos perdonas ahora
y llévanos a todos, en paz y alegría,
a la vida eterna.

Oración Colecta
Oremos a nuestro Padre misericordioso
para que esta eucaristía nos traiga su perdón y su paz.
(Pausa)

Oh Padre, rico en paciencia y amor:
Tú enviaste a tu Hijo Jesús entre nosotros
para sanar lo que está quebrado y herido.
Él nos tocó con su bondad
y no aplastó la caña quebrada.

Perdona nuestros pecados;
que el Espíritu Santo continúe en nosotros
el trabajo de conversión
y que nos haga pacientes y comprensivos
tanto con los que nos aman
como con los que no nos aprecian.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.

Primera Lectura (2 Sm 12,7-10.13): El Señor Te Ha Perdonado
El rey David acepta humildemente la acusación de adulterio y asesinato, de parte del profeta Natán, y se arrepiente. Dios le perdona.

Segunda Lectura (Gal 2,16.19-21): Cristo Jesús Me Ama y Me Ha Salvado
San Pablo nos dice que no son las obras, en obediencia a la ley, las que nos salvan, sino nuestra fe en Jesucristo. El Hijo de Dios me amó y me salvó. Ahora vivo su vida.

Evangelio (Lc 7,36 – 8,3 ó bien 7,36-50): Al Que Se Le Perdona Poco, Poco Amor Demuestra
La persona que no necesita de nadie no tiene necesidad de gracia y no puede amar. Quien necesita perdón puede crecer en el amor.

Oración de los Fieles
Oremos con toda confianza a Dios nuestro Padre, porque en Jesucristo nos ha mostrado que es paciente y rico en misericordia. Y digamos:
R/ Ten misericordia de tu pueblo, Señor.
Para que la comunidad del pueblo de Dios sea una fuente de paz, de perdón y reconciliación, de nuevas oportunidades para el mañana, roguemos al Señor.
Para que los sacerdotes sean pacientes y humildes en el ministerio del sacramento del perdón encomendado a su cuidado; para que puedan llevar a su pueblo a la conversión y a la transformación del corazón, roguemos al Señor.
Para que nosotros seamos cautos y amables al juzgar a los otros, conscientes de que cada día, de nuevo, nosotros también necesitamos perdón, roguemos al Señor.
Para que en nuestras familias y comunidades estemos siempre atentos y apoyemos el bien que se hace, y no nos desalentemos por los defectos de los demás, roguemos al Señor.
Para que nosotros, que venimos juntos a orar y a celebrar la nueva Alianza en la eucaristía, nos reconciliemos unos con otros y vivamos juntos en paz y amistad, roguemos al Señor.
Oh Dios y Padre nuestro, que tu palabra que hemos escuchado juntos y la eucaristía en que participamos nos fortalezcan en un clima y espíritu de perdón, paz y unidad, en Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Tú nos has invitado a encontrarnos con tu Hijo
y a ofrecer con él el sacrificio
que perdona nuestros pecados.

Danos la disposición interior
para perdonar a los otros
como tú nos perdonas
y para compartir,
en torno a la mesa de tu Hijo,
el pan de la unidad y de la reconciliación.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Introducción a la Plegaria Eucarística
Con alegría damos gracias al Padre del cielo por perdonarnos nuestros pecados por medio del sacrificio de Jesús, quien derramó su sangre para nuestro perdón y redención.

Introducción al Padre Nuestro
Pidamos con Jesús al Padre
que perdone nuestros pecados
como nosotros perdonamos a los hermanos.

R/ Padre nuestro…



Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de la dureza de corazón
que rechaza todo perdón.

Que la paz y la alegría
que tu perdón nos brinda
se desborde sobre nuestros hermanos cercanos
con sentimientos de compasión y misericordia,
de aceptación y comprensión mutuas,
y de perdón sin condiciones.

Llévanos adelante, a todos juntos,
en esperanza y alegría
mientras nos preparamos
para la plena venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…

Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
cuya muerte y resurrección
nos trajo perdón y vida.
Dichosos nosotros de recibir este pan
de reconciliación y unidad.
R/ Señor, no soy digno…




Oración después de la Comunión
Padre misericordioso:
En esta eucaristía Jesús nos ha dicho
a nosotros también:
“Tus pecados quedan perdonados”,
y ha compartido con nosotros el banquete
que nos trae reconciliación.

Que todo esto, Señor,
haga más profundo nuestro amor a ti
y nos disponga a extender una mano de paz
a todos los que nos hayan ofendido
y a todos a los que nosotros hayamos herido.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.

Bendición
Hermanos:
Como comunidad de hermanos y hermanas
hemos compartido la palabra de Dios
y el pan de vida de Cristo.
Que permanezcamos como tal comunidad
en los días venideros,
viviendo con actitudes de perdón, confianza y compresión
Que el Señor nos acompañe en nuestro caminar.
Y para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

Comentario al Evangelio del 

José María Vegas, cmf
El corazón de Dios


Para los espíritus críticos el Dios que se revela en el Antiguo testamento resulta excesivamente pasional, con explosiones de ira y, por el otro lado, una increíble capacidad para la ternura. Se trataría, en todo caso, de antropomorfismos, meras metáforas que no se podrían atribuir, así, sin más, al verdadero Dios, transcendente e inmutable.

Ese Dios lejano, podrá ser con nosotros, tal vez, benévolo, con un deje de condescendencia, pero sin verdaderas entrañas. Ahora bien, los cristianos no creemos simplemente en Dios (lo que, en los tiempos que corren, no es poco), sino en un Dios encarnado, que ha asumido plenamente y con todas sus consecuencias nuestra condición humana.

De modo que, precisamente en Cristo, se hacen realidad humana esas presuntas metáforas. Así, la profecía de Ezequiel (36,26) que promete arrancar del pecho el corazón de piedra y dar un corazón de carne, se cumple en Jesús, el hombre verdadero dotado de un corazón, no angélico, sino de carne, un corazón capaz de compadecer.

Sólo así, amándonos con un corazón de carne, puede Jesús sanar el amor humano, herido por el pecado, por el egoísmo, la envidia, la codicia, la rivalidad y el odio; y esto no sólo en las relaciones humanas más impersonales (como las sociales o las económicas), sino también en las más cercanas y entrañables (como las familiares), que son con frecuencia fuente de conflictos y sufrimientos que nos hieren en lo profundo.

Jesús ha acercado el amor incondicional de Dios, y nos ha hecho accesible, por medio de su corazón de carne, el corazón de Dios. No es un Dios lejano y terrible, ante el que debamos sentirnos temerosos e indignos, sino un Dios Padre que se preocupa por nosotros, y que suscita en nosotros confianza y amor. Esto es lo que podemos experimentar al acercarnos a Jesús con un espíritu sencillo: la revelación de una sabiduría que no es cuestión de erudición, sino la sabiduría del amor.

El amor, es verdad, es exigente y a veces nos pesa: “amor meus pondus meum” (mi amor es mi peso), decía San Agustín. Pero es, también, lo que da sentido y orientación a nuestra vida. Por eso añadía: “eo feror, quocumque feror” (por él soy llevado adondequiera que me lleven), porque el ser humano tiende al objeto de su amor, por más que esfuerzos que le exija. Por eso dice Jesús que su yugo es llevadero y su carga es ligera. Y tanto más si consideramos que el peso del amor verdadero lo ha tomado Jesús sobre sí mismo al dar su vida por nosotros.

La sabiduría del amor que Jesús ha revelado es exigente, cierto, pero sobre todo nos da confianza, nos relaja, nos da alivio y respiro. En Cristo, en su corazón manso y humilde, encontramos el perfecto equilibrio entre la autoestima y la humildad: autoestima, porque somos amados sin condiciones, lo que significa que, en el fondo de nuestro ser, somos buenos y valiosos; pero también humildad, porque sabemos que no somos perfectos, que tenemos que reconocer con humildad nuestros límites, nuestros pecados.

Pero esto último no es una humillación que nos destruye, sino la certeza de que podemos mejorar, de que hay en nosotros posibilidades no exploradas. Y nuestra gran posibilidad, si aprendemos de Jesús, es el amor: saber que cuando tratamos de amar, Dios mismo está obrando en nosotros y que Él permanece con nosotros.

Cordialmente
José María Vegas cmf
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