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Lecturas y Liturgia del 31 de Julio de 2016

Lecturas del Domingo 18º del Tiempo Ordinario - Ciclo C

Fuente: Ciudad Redonda
MISA http://magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO  http://evangeli.net/_mp3/daily/es/IV_162.mp3

Domingo, 31 de julio de 2016
Primera lectura
Lectura del libro del Eclesiastés (1,2;2,21-23):

¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave desgracia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 89

R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo:
«Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó;
una vela nocturna. R/.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-5.9-11):

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Palabra de Dios

Evangelio según san Lucas (12,13-21), del domingo, 31 de julio de 2016Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»
Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»
Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: "¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha." Y se dijo: "Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida." Pero Dios le dijo: "Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?" Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor


Lectio divina del Domingo 18º del Tiempo Ordinario - Ciclo C


Domingo, 31 de julio de 2016
DOMINGO 18 DEL TIEMPO ORDINARIO
(Ciclo C)


Lo Que Nos Trae Felicidad Duradera

Saludo (Ver Segunda Lectura)

Sólo tenemos a Cristo:
Él es todo para nosotros
y está en todas las cosas.
Él nos ha devuelto a una verdadera vida.
Que su gracia y su paz
estén siempre con ustedes.

Introducción por el Celebrante
Todos necesitamos las cosas imprescindibles para la vida, pero nuestra experiencia humana nos sigue recordando sin cesar lo que Jesús, hace mucho tiempo ya, nos dijo en el evangelio: ¡El acumular riqueza no da la felicidad! La alegría de vivir no depende de graneros llenos o de abultadas cuentas bancarias. La calidad de vida y su alegría dependen más bien de la medida de nuestro amor al Señor y a los hermanos, y también de nuestro compartir generoso con los demás lo que el Señor nos ha regalado. Así es cómo nos volvemos ricos a los ojos de Dios. --- En esta eucaristía pedimos al Señor que nos otorgue alegría y felicidad auténticas, junto con su profunda amistad.

Acto Penitencial
Con demasiada frecuencia
hemos cifrado nuestra felicidad y nuestra vida
en cosas que son totalmente perecederas.
Pidamos al Señor que nos perdone por ello.
(Pausa)
Señor Jesús, tú eres nuestra vida,
y quieres que vivamos
persiguiendo valores perdurables:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tú eres rico en misericordia,
y quieres que nosotros seamos también ricos
en perdón y en amor:
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, tú nos trajiste libertad,
y quieres que nos liberemos de la codicia
y que estemos libres para servir
a Dios y a los hermanos:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor,
y líbranos de la esclavitud del pecado.
Haz que pongamos nuestra confianza sólo en ti
y llévanos a la vida eterna.

Oración Colecta
Oremos para que sepamos usar con sabiduría
los bienes de la tierra,
poniéndolos al servicio de Dios y de los hermanos.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Sabemos que tú te preocupas y cuidas de nosotros,
y por eso confiamos en ti.
Nuestros corazones están divididos;
sin embargo, tenemos que darles cuidado y seguridad
a nuestros seres queridos.
No permitas que la codicia y la avaricia nos cieguen de tal forma
que acumulemos bienes que no necesitamos
y cosas materiales que realmente no son importantes.
Haznos generosos para compartir lo que tenemos
con los pobres y con los que pasan hambre,
para así volvernos ricos a tus ojos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Primera Lectura (Ecl 1,2; 2,21-23): ¿Qué Quedará al Final?
El autor de la primera lectura habla por triste experiencia: sólo posesiones y esfuerzos humanos no garantizan la felicidad. El autor no nos ofrece una solución, pero nos plantea el problema de forma muy patética y desafiante.

Segunda Lectura (Col 3,1-5. 9-11): ¡Apunten Alto!
El sentido de la vida y nuestros verdaderos valores -dice San Pablo-, se asientan más allá de esta vida en la tierra, ya que Cristo nos ha hecho nuevos: Cristo es nuestro todo.

Evangelio (Lc 12,13-21): Nuestra Riqueza es Dios
Nuestra riqueza se ha de encontrar en Dios; las posesiones materiales no nos dan seguridad, ya que sólo Dios puede darnos felicidad estable y duradera.

Oración de los Fieles
Oremos ahora a Dios, origen y fin último de nuestra riqueza, felicidad y alegría, y digámosle: R/ Señor, venga a nosotros tu reino.

Por una Iglesia pobre y servicial en la que las personas se esfuercen por tener manos y corazones abiertos para todos, roguemos al Señor.
Por una mayor justicia e igualdad en nuestro mundo; para que haya eficaces reformas políticas, sociales y económicas, que permitan al pueblo gozar de los frutos de su trabajo, de los bienes materiales y espirituales, y de los tesoros de educación y cultura, roguemos al Señor.
Por poetas, artistas y científicos, para que nos ayuden a admirar y gozar del poder y la belleza de la creación de Dios, y a alabar gozosamente a Dios, roguemos al Señor.
Por los ricos y poderosos, para que aprendan a compartir generosamente sus bienes; también por los pobres, los humildes, los explotados, para que encuentren ayuda en sus hermanos y sigan trabajando y esperando con optimismo, roguemos al Señor.
Por todos nosotros, para que aprendamos a gozar las cosas de la vida: amistad y afecto, unidad y compasión, hermanos que nos inspiran, aprender a amar aun a nuestros enemigos, roguemos al Señor.
Señor Dios nuestro, mantennos atentos a la fragilidad de todas las cosas a las que sentimos apego. Danos la gracia de compartir generosamente nuestros bienes y talentos, y guárdanos confiando siempre en ti, que eres nuestra única riqueza y esperanza, ahora y por los siglos de los siglos.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
De los muchos dones que tú nos das
traemos ahora ante ti y te presentamos
pan y vino.
Haz que se conviertan en signos eficaces
en los que Jesús se nos da a sí mismo
como don mayor.
Que aprendamos de él
a usar tus dones y nuestros esfuerzos
en servicio tuyo y en el de nuestros hermanos,
para que nos lleven a la auténtica felicidad,
que permanece por los siglos de los siglos.

Introducción a la Plegaria Eucarística
Dios no nos ha hecho propietarios, sino administradores de su creación. Démosle gracias por su bondad y ofrezcámosle todo por medio de Jesús.

Invitación al Padre Nuestro
Con Jesús, Señor nuestro,
pedimos a nuestro Padre del cielo
lo que necesitamos en nuestro camino hacia él.
R/ Padre nuestro…

Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y libéranos de todos los apegos
que nos impiden darnos a nosotros mismos
a ti y a los hermanos.
Ayúdanos a vivir en tus manos,
mientras preparamos con gozosa esperanza
la venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
que se hizo pobre para hacernos ricos
en gracia, sabiduría y amor.
Dichosos nosotros de poderle recibir
como el mejor regalo gracioso del Padre.
R/ Señor, no soy digno…



Oración después de la Comunión
Oh Dios, dador de todos los buenos dones:
Hemos recibido de ti el mejor regalo: tu propio Hijo.
Tú quieres que gocemos de las buenas cosas de la vida
y, al mismo tiempo, que no nos dejemos esclavizar por ellas.
Danos suficiente fe, Señor,
para entender que, por mucho que tengamos,
todavía somos pobres si tú no eres nuestra riqueza,
y que somos ricos, aun en medio de la pobreza,
cuando te poseemos a ti y a tu Hijo,
Jesucristo nuestro Señor.


Bendición
Hermanos: ¡Qué bueno que hemos podido reflexionar juntos sobre el valor relativo de las cosas y riqueza que poseemos!
Sí, disfrutemos sin escrúpulo de las cosas sencillas de la vida de cada día,
que son regalos de Dios.
Pero mantengámonos siempre libres, tal como Jesús nos ha liberado.
No nos dejemos esclavizar jamás por nada ni por nadie.
Y compartamos unos con otros nuestra amistad, nuestras alegrías, nuestros bienes.
Para hacerlo posible, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

Comentario del Domingo 18º del Tiempo Ordinario - Ciclo C

«La vida de uno no está asegurada por sus bienes»
Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells
(Salt, Girona, España)

Hoy, Jesús nos sitúa cara a cara con aquello que es fundamental para nuestra vida cristiana, nuestra vida de relación con Dios: hacerse rico delante de Él. Es decir, llenar nuestras manos y nuestro corazón con todo tipo de bienes sobrenaturales, espirituales, de gracia, y no de cosas materiales.

Por eso, a la luz del Evangelio de hoy, nos podemos preguntar: ¿de qué llenamos nuestro corazón? El hombre de la parábola lo tenía claro: «Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19). Pero esto no es lo que Dios espera de un buen hijo suyo. El Señor no ha puesto nuestra felicidad en herencias, buenas comidas, coches último modelo, vacaciones a los lugares más exóticos, fincas, el sofá, la cerveza o el dinero. Todas estas cosas pueden ser buenas, pero en sí mismas no pueden saciar las ansias de plenitud de nuestra alma, y, por tanto, hay que usarlas bien, como medios que son.

Es la experiencia de san Ignacio de Loyola, cuya celebración tenemos tan cercana. Así lo reconocía en su propia autobiografía: «Cuando pensaba en cosas mundanas, se deleitaba, pero, cuando, ya aburrido lo dejaba, se sentía triste y seco; en cambio, cuando pensaba en las penitencias que observaba en los hombres santos, ahí sentía consuelo, no solamente entonces, sino que incluso después se sentía contento y alegre». También puede ser la experiencia de cada uno de nosotros.

Y es que las cosas materiales, terrenales, son caducas y pasan; por contraste, las cosas espirituales son eternas, inmortales, duran para siempre, y son las únicas que pueden llenar nuestro corazón y dar sentido pleno a nuestra vida humana y cristiana.

Jesús lo dice muy claro: «¡Necio!» (Lc 12,20), así califica al que sólo tiene metas materiales, terrenales, egoístas. Que en cualquier momento de nuestra existencia nos podamos presentar ante Dios con las manos y el corazón llenos de esfuerzo por buscar al Señor y aquello que a Él le gusta, que es lo único que nos llevará al Cielo.
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