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Lecturas y Liturgia del 11 de Agosto de 2016

Lecturas del Jueves de la 19ª semana del Tiempo Ordinario

Fuente: Ciudad Redonda
MISA http://magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO  http://evangeli.net/_mp3/daily/es/IV_175.mp3

Jueves, 11 de agosto de 2016
Primera lectura
Lectura de la profecía de Ezequiel (12,1-12):


Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, vives en la casa rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen; pues son casa rebelde. Tú, hijo de Adán, prepara el ajuar del destierro y emigra a la luz del día, a la vista de todos; a la vista de todos, emigra a otro lugar a ver si lo ven; pues son casa rebelde. Saca tu ajuar, como quien va al destierro, a la luz del día, a la vista de todos, y tú sal al atardecer, a la vista de todos, como quien va al destierro. A la vista de todos, abre un boquete en el muro y saca por allí tu ajuar. Cárgate al hombro el hatillo, a la vista de todos, sácalo en la oscuridad; tápate la cara, para no ver la tierra, porque hago de ti una señal para la casa de Israel.»
Yo hice lo que me mandó: saqué mi ajuar como quien va al destierro, a la luz del día; al atardecer, abrí un boquete en el muro, lo saqué en la oscuridad, me cargué al hombro el hatillo, a la vista de todos.
A la mañana siguiente, me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, la casa rebelde, qué es lo que hacías? Pues respóndeles: "Esto dice el Señor: Este oráculo contra Jerusalén va por el príncipe y por toda la casa de Israel que vive allí." Di: "Soy señal para vosotros; lo que yo he hecho lo tendrán que hacer ellos: irán cautivos al destierro. El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el hatillo, abrirá un boquete en el muro para sacarlo, lo sacará en la oscuridad y se tapará la cara para que no lo reconozcan."»

Palabra de Dios

Salmo
Sal 77,56-57.58-59.61-62

R/. No olvidéis las acciones de Dios

Tentaron al Dios Altísimo
y se rebelaron, negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso. R/.

Con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios lo oyó y se indignó,
y rechazó totalmente a Israel. R/.

Abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21–19,1):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debla cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del SANTA CLARA, Virgen

Jueves, 11 de agosto de 2016
Introducción
Aunque de noble familia y bien educada, Clara se sintió atraída por los ideales de pobreza de San Francisco de Asís. Contra la presión de su familia, distribuyó sus posesiones a los pobres y fundó la Orden Franciscana de Pobres Claras (popularmente conocidas como “Claras o Clarisas”), que se dedican a una vida de pobreza y oración. Clara comprendió que la pobreza hace a una persona libre para amar: amar a Dios de modo indiviso y estar disponible para amar y servir a los hermanos. Su lema fue: “Oh Dios, soy feliz porque tú me creaste.” ¿No es eso verdadera riqueza?

Oración Colecta
Señor Dios nuestro:
Te damos gracias hoy por el ejemplo de Santa Clara.
Ella comprendió que para poseerte a ti
uno debe ser libre de cosas
que nos distraen y alejan de ti.
Danos también a nosotros la riqueza
de mantener viva nuestra libertad interior
con respecto a posesiones y apegos mundanos
y ábrenos a la verdadera riqueza:
que consiste en entregarnos generosamente a ti y a tu pueblo.
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Te presentamos este pan y este vino
como señal de que todo es tuyo
y de que te pertenecemos.
Llena nuestras manos vacías
con los dones de Jesús, tu Hijo.
Haznos generosos como él
para que seamos uno
en el mismo Jesucristo nuestro Señor.



Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Admiramos a los que son voluntariamente pobres
de hecho y en espíritu,
pero con frecuencia no tenemos el coraje suficiente
para deshacernos de cosas materiales que nos controlan.
Inspirados por Santa Clara,
ayúdanos, en la pobreza de nuestros corazones,
a ponernos en tus manos
para que sepamos estar en comunión contigo en amor y oración
y estar disponibles para ayudar a los pobres en necesidad.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Comentario al Evangelio del 

Fernando Torres cmf


¿Han leído bien el Evangelio de este día? Cada vez estoy más convencido de que el perdón y la reconciliación son las armas más importantes que tenemos que usar para construir el Reino. Y que la no utilización de esas armas es lo que está generando la persistencia de las guerras, de los odios, de las venganzas. Veo en los pueblos y en las familias, en las personas en definitivo, como se quedan enquistadas las historias, lo que el otro me hizo o nos hizo. O no nos hizo. Y eso sigue ahí, generación tras generación. A veces da la impresión de que termina formando parte del ADN, de los genes de las personas. Parece que no se puede sacar ni extraer de ninguna manera.

Lo que las personas, y las familias y los pueblos parecen no darse cuenta es que la única forma de superar esas situaciones de conflicto absurdo, motivado las más de las veces por el ansia de seguridad propia y por el temor ante el otro, es a través del perdón y la reconciliación.

El Evangelio de hoy nos llama la atención sobre cuántas veces debemos perdonar. Parece que en alguna tradición judía se decía que no más de siete veces. Y a esa tradición se quería agarrar Pedro. ¡Siete veces son ya muchas veces! Hasta demasiadas dirían algunos. Jesús le da con la respuesta en las narices –era posiblemente la respuesta que Pedro no quería oír–. Hay que perdonar hasta setenta veces siete. Dicho en plan matemático, hasta cuatrocientas noventa veces. Pero como hay que suponer que los discípulos no sabrían demasiado de multiplicaciones, seguro que entendieron que hay que perdonar muchísimas veces, que hay que perdonar siempre. Sin límite, Sin medida.

Jesús sólo pone un argumento, que es el que se deduce de la parábola. Nuestro Padre del cielo nos ha perdonado todas las veces. Y nos seguirá perdonando. Porque tanto ustedes como el que escribe estas líneas, todos, vamos a seguir metiendo la pata muchas veces mientras que estemos vivos. ¿O alguno se atreve a decir que él no va nunca a...? Y el Padre no es que nos vaya a perdonar. Es que ya nos ha perdonado. Desde antes de... Y ahí está siempre, esperándonos, como el padre del hijo pródigo.

Y si esto ha sido lo que hemos recibido, lo que experimentamos día a día, como reconciliados por Dios. Pero no para vivir en una nube de cristal sino para ser ministros de la reconciliación. Para pensar menos en lo que nos ofenden, en lo que nos separa, y más en construir relación, anudar lazos entre las personas, perdonar, dar la mano, unir. Ahí está el camino para hacer de este mundo nuestro un mundo mejor para todos.
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