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Lecturas y Liturgia del 12 de Septiembre de 2016

Lecturas del Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

Fuente: Ciudad Redonda
MISA http://magnificat.tv/es/taxonomy/term/1
EVANGELIO http://evangeli.net/_mp3/daily/es/IV_217.mp3

Lunes, 12 de septiembre de 2016
Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (11,17-26.33):

Resultado de imagen para Al recomendaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. En primer lugar
Al recomendaros esto, no puedo aprobar que vuestras reuniones causen más daño que provecho. En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra Iglesia os dividís en bandos; y en parte lo creo, porque hasta partidos tiene que haber entre vosotros, para que se vea quiénes resisten a la prueba. Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena y, mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los pobres? ¿Qué queréis que os diga? ¿Que os apruebe? En esto no os apruebo. Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. Así que, hermanos míos, cuando os reunís para comer, esperaos unos a otros.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 39,7-8a.8b-9.10.17
Resultado de imagen para Proclamad la muerte del Señor, hasta que vuelva  Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
R/. Proclamad la muerte del Señor,
hasta que vuelva

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R/.

«Como está escrito en mi libro
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.

Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»
los que desean tu salvación. R/.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,1-10):

Resultado de imagen para En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermoEn aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.»
Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; y a mi criado: "Haz esto", y lo hace.»
Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.» Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

Palabra del Señor

Liturgia Viva del Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

Lunes, 12 de septiembre de 2016
LA MESA DE UNIDAD (Año II. 1 Cor 11:17.26, 33; Lc 7:1-10)
Introducción
Resultado de imagen para Si comen el único cuerpo de Cristo y comparten la misma copa de salvación, ellos deberían ser uno.
Primera Lectura. Pablo hace una fuerte declaración contra los corintios por su división entre ricos y pobres durante la celebración eucarística. Subyacente a esta reprimenda está el hecho de que los discípulos de Corinto actúan contra algo totalmente básico del cristianismo: el cuerpo eucarístico de Cristo edifica la Iglesia como su cuerpo eclesial. Si comen el único cuerpo de Cristo y comparten la misma copa de salvación, ellos deberían ser uno. Tienen que ser también el signo de la unidad de toda la humanidad en Cristo Jesús.

Evangelio. Hoy contemplamos la bella escena del oficial militar o centurión romano, quien, por medio de emisarios, pide a Jesús que cure a su esclavo. Él amaba al pueblo judío y tenía fe en Jesús, por lo que había oído acerca de él y de sus milagros. Y, algo insólito en un mundo de esclavitud, otra señal de su fe es que pidió por la curación de un esclavo. --- De él tomamos también las palabras que utilizamos en la celebración eucarística, en el momento de la comunión: que “no es digno de que Jesús vaya a su casa.”

Oración Colecta
Padre de bondad:
Tu maravilloso sueño y propósito es
unir a todos como hermanos en tu Hijo Jesús.
No permitas que tengamos mesas separadas
o reservas de mesa excluyentes
ni en la eucaristía
ni en la vida normal de nuestras comunidades.
Sea cual sea nuestra procedencia social,
ricos o pobres, santos o pecadores,
sanos y robustos o débiles y enfermos,
guárdanos siempre unidos en mutuo respeto y amor
en la Iglesia, único cuerpo místico de tu Hijo,
Jesucristo nuestro Señor.

Intenciones

Para que, por fin, llegue el día en que todos los que creemos en Cristo podamos sentarnos a la misma mesa para partir el Pan vivo de Jesús, en la eucaristía, roguemos al Señor.
Para que la eucaristía nos edifique como familia cristiana, como Iglesia, uniéndonos más como cuerpo de Cristo, en oración y acción de gracias a Dios, y en atención a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres, débiles y necesitados, roguemos al Señor.
Para que la eucaristía vincule y una a toda la comunidad y nos lleve por el camino del sincero perdón, de la aceptación mutua y del compartir solidario, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre de todos:
Concédenos que este santo banquete festivo de la eucaristía
sea de verdad para nosotros la “Cena del Señor”,
en la que dejamos aparte nuestras peleas y diferencias,
no solo por un momento, sino olvidándolas definitivamente.
Que tu Hijo aquí presente en medio de nosotros
nos haga uno de mente y corazón como familia a quien tú amas
en Jesucristo nuestro Señor.




Oración después de la Comunión
Oh Dios, único Padre de todos:
En esta eucaristía
hemos gozado juntos de la hermandad
siendo todos uno, durante un rato,
sentados a la mesa de tu Hijo.

Te damos gracias por habernos hecho uno
aun permaneciendo diferentes a los demás,
cada uno con su propia identidad y carácter,
con sus cualidades propias
e incluso con sus faltas y defectos.

Gracias por liberarnos
de la monotonía de la idéntica uniformidad.
Permítenos, pues, que te entonemos
una sinfonía viva compuesta de muchas voces
en gratitud y alabanza.
Y sigue nutriéndonos con el mismo pan,
unidos todos por la misma mente y el mismo corazón
de Jesucristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: Es una verdadera vergüenza que hermanos que se encuentran en el Señor, escuchan su palabra, y se alimentan de la misma mesa con el mismo pan de la eucaristía estén divididos y fomenten discriminación y desintegración entre unos y otros.
Para permanecer siempre unidos en el mismo amor, que Dios, en su bondad, nos bendiga a todos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que esta bendición dure por siempre.




Liturgia Viva del Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

Lunes, 12 de septiembre de 2016
LA MESA DE UNIDAD (Año II. 1 Cor 11:17.26, 33; Lc 7:1-10)
Introducción

Primera Lectura. Pablo hace una fuerte declaración contra los corintios por su división entre ricos y pobres durante la celebración eucarística. Subyacente a esta reprimenda está el hecho de que los discípulos de Corinto actúan contra algo totalmente básico del cristianismo: el cuerpo eucarístico de Cristo edifica la Iglesia como su cuerpo eclesial. Si comen el único cuerpo de Cristo y comparten la misma copa de salvación, ellos deberían ser uno. Tienen que ser también el signo de la unidad de toda la humanidad en Cristo Jesús.

Evangelio. Hoy contemplamos la bella escena del oficial militar o centurión romano, quien, por medio de emisarios, pide a Jesús que cure a su esclavo. Él amaba al pueblo judío y tenía fe en Jesús, por lo que había oído acerca de él y de sus milagros. Y, algo insólito en un mundo de esclavitud, otra señal de su fe es que pidió por la curación de un esclavo. --- De él tomamos también las palabras que utilizamos en la celebración eucarística, en el momento de la comunión: que “no es digno de que Jesús vaya a su casa.”

Oración Colecta
Padre de bondad:
Tu maravilloso sueño y propósito es
unir a todos como hermanos en tu Hijo Jesús.
No permitas que tengamos mesas separadas
o reservas de mesa excluyentes
ni en la eucaristía
ni en la vida normal de nuestras comunidades.
Sea cual sea nuestra procedencia social,
ricos o pobres, santos o pecadores,
sanos y robustos o débiles y enfermos,
guárdanos siempre unidos en mutuo respeto y amor
en la Iglesia, único cuerpo místico de tu Hijo,
Jesucristo nuestro Señor.

Intenciones

Para que, por fin, llegue el día en que todos los que creemos en Cristo podamos sentarnos a la misma mesa para partir el Pan vivo de Jesús, en la eucaristía, roguemos al Señor.
Para que la eucaristía nos edifique como familia cristiana, como Iglesia, uniéndonos más como cuerpo de Cristo, en oración y acción de gracias a Dios, y en atención a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres, débiles y necesitados, roguemos al Señor.
Para que la eucaristía vincule y una a toda la comunidad y nos lleve por el camino del sincero perdón, de la aceptación mutua y del compartir solidario, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre de todos:
Concédenos que este santo banquete festivo de la eucaristía
sea de verdad para nosotros la “Cena del Señor”,
en la que dejamos aparte nuestras peleas y diferencias,
no solo por un momento, sino olvidándolas definitivamente.
Que tu Hijo aquí presente en medio de nosotros
nos haga uno de mente y corazón como familia a quien tú amas
en Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Oh Dios, único Padre de todos:
En esta eucaristía
hemos gozado juntos de la hermandad
siendo todos uno, durante un rato,
sentados a la mesa de tu Hijo.
Te damos gracias por habernos hecho uno
aun permaneciendo diferentes a los demás,
cada uno con su propia identidad y carácter,
con sus cualidades propias
e incluso con sus faltas y defectos.

Gracias por liberarnos
de la monotonía de la idéntica uniformidad.
Permítenos, pues, que te entonemos
una sinfonía viva compuesta de muchas voces
en gratitud y alabanza.
Y sigue nutriéndonos con el mismo pan,
unidos todos por la misma mente y el mismo corazón
de Jesucristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: Es una verdadera vergüenza que hermanos que se encuentran en el Señor, escuchan su palabra, y se alimentan de la misma mesa con el mismo pan de la eucaristía estén divididos y fomenten discriminación y desintegración entre unos y otros.
Para permanecer siempre unidos en el mismo amor, que Dios, en su bondad, nos bendiga a todos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que esta bendición dure por siempre.

Comentario del Lunes de la 24ª semana del Tiempo Ordinario

«Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande»
Fr. John A. SISTARE
(Cumberland, Rhode Island, Estados Unidos)

Hoy, nos enfrentamos a una pregunta interesante. ¿Por qué razón el centurión del Evangelio no fue personalmente a encontrar a Jesús y, en cambio, envió por delante algunos notables de los judíos con la petición de que fuese a salvar a su criado? El mismo centurión responde por nosotros en el pasaje evangélico: Señor, «ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado» (Lc 7,7).

Aquel centurión poseía la virtud de la fe al creer que Jesús podría hacer el milagro —si así lo quería— con sólo su divina voluntad. La fe le hacía creer que, prescindiendo de allá donde Jesús pudiera hallarse, Él podría sanar al criado enfermo. Aquel centurión estaba muy convencido de que ninguna distancia podría impedir o detener a Jesucristo, si quería llevar a buen término su trabajo de salvación.

Nosotros también estamos llamados a tener la misma fe en nuestras vidas. Hay ocasiones en que podemos ser tentados a creer que Jesús está lejos y que no escucha nuestros ruegos. Sin embargo, la fe ilumina nuestras mentes y nuestros corazones haciéndonos creer que Jesús está siempre cerca para ayudarnos. De hecho, la presencia sanadora de Jesús en la Eucaristía ha de ser nuestro recordatorio permanente de que Jesús está siempre cerca de nosotros. San Agustín, con ojos de fe, creía en esa realidad: «Lo que vemos es el pan y el cáliz; eso es lo que tus ojos te señalan. Pero lo que tu fe te obliga a aceptar es que el pan es el Cuerpo de Jesucristo y que en el cáliz se encuentra la Sangre de Jesucristo».

La fe ilumina nuestras mentes para hacernos ver la presencia de Jesús en medio de nosotros. Y, como aquel centurión, diremos: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo» (Lc 7,6). Por tanto, si nos humillamos ante nuestro Señor y Salvador, Él viene y se acerca a curarnos. Así, dejemos a Jesús penetrar nuestro espíritu, en nuestra casa, para curar y fortalecer nuestra fe y para llevarnos hacia la vida eterna.
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